lunes 6 de febrero de 2012

Tapies

... el pintor que reinventó el arte permanece inmortal en sus signos: cruces, aspas, humildes materiales y escasa variedad de color serán testigos del impulso creador de un hombre y yo quedaré para siempre impresionado ante la visión de una belleza tan sencilla, ante un equilibrio estético propio de un genio en su universo; a pesar de ello no deja de ser triste la marcha de Tapies, pues hará del mundo, sin duda, un lugar menos emotivo...

domingo 2 de octubre de 2011

... verde...

Llega el otoño, llega la tarde y llega mi familia a este nuevo hogar. El suelo de este salón aún desnudo, que es de madera pulida, invita a desnudar los pies. Me imagino a mi misma soportando una taza de café y observando el jardín a través de los hermosos ventanales. Cuando tomé la decisión que me ha llevado a estar aquí ahora, esa vista a través de los amplios cristales tuvo la facultad de sojuzgarme; ya entonces visualicé mi imagen con la taza en la mano. Me sentí algo básica sabiéndome consciente de que esa estampa procede de los cientos de películas vistas. No es real que forme parte de mí, ni de mi modo de sentirme bien. No soy hogareña. Lo cierto es que suelo tomar el café fuera de casa y desde luego en vaso. Supongo que por todo ello hace unos días compré unos vasitos de vidrio con un engarce metálico que los convierte en un híbrido entre vaso y taza. Me he dicho hasta ahí puedo leer y sonreído. Quiero limpiar muy concienzudamente esos cristales de los amados ventanales. Quiero que todo sea perfecto. Pronto estarán aquí mi pequeña y Gonzalo.

Cuando nació la pequeña él estuvo tan cariñoso, fue todo tan maravilloso, que decidí casarme. María entre los dos, entonces liberada ya de traumas y dolores, hacía bonito, era una recién nacida hermosa; me vi por primera vez como parte de un todo. Estas imágenes sencillas se están apoderando de mis decisiones. Entre sábanas verdes, sudores y olor hospitalario, con nuestra hija de hermosos labios ya entonces reposando sus primeros minutos entre ambos, lo miré a los ojos y lo vi. Descubrí al Gonzalo que podía ser para siempre y sucumbí a su petición de casarnos. Reímos a carcajadas mientras la matrona pensaría que éramos unos personajes de ficción.

Lo que más me gusta de nuestro nuevo jardín es el olivo. Este árbol convierte el espacio verde que tanto necesité siempre y del que ahora podemos disponer en un lugar mío, inspirado por mí; alguien dijo una vez de una de mis esculturas que parecía un olivo, muchos rieron por el ingenuo comentario excepto yo, aquel joven resultó ser Gonzalo. Al jardín lo rodea una empalizada de ladrillos rojos por los que han trepado el musgo y las enredaderas que nacen en los arriates a los pies del muro. Todo es salvaje, descuidado a propósito en los arriates. Por lo demás el espacio lo cubren un césped bien cuidado y mi olivo, que contribuye a ese minimalismo formal con su majestuosidad. En mitad de la hierba el árbol se asombra del verdor sobrecogedor que lo rodea.

En lugar del café de mis ensoñaciones he encendido un cigarrillo. Gonzalo se retrasa con nuestra hija. Tras el muro y la verja de metal cerrada a cal y canto la tarde se desploma sobre los edificios del pueblo. He observado con deleite como el círculo dorado del sol, que incendia un cielo otoñal, acaba de ser ensartado por la forma afilada de la torre de la iglesia.

Han llegado oscuridades al jardín y del negro del muro el silencio ha arrancado un frío que me corre la espalda. Es extraño lo que tardan. No sé cómo pero tengo una manta sobre los hombros. De entre las sombras parece como si el capricho de mi mente formara formas humanas, personas quietas que me miran mientras yo me amparo tras los ventanales. Son numerosos y algunos reposan su quietud sobre sillas de dos ruedas.

Es intolerable lo que tardan Gonzalo y la niña.

lunes 26 de septiembre de 2011

... Nomi...

Nada, ni nadie lo indica. Aún así se entra con sigilo. Enseñoreando el aire un olor químico se codea con el orín. Hay ancianos escuálidos que arrastran sus pijamas celestes con la entrepierna caída y desabotonada. Ostentan frascos de cristal que penden de estandartes metálicos, como banderas enfermas, que se comunican con ellos a través de conductos transparentes por donde se deja caer la vida. Es el efecto de la inercia. En las venas de sus brazos se agolpa ese hilo que los ata a la existencia.

En el pasillo me detengo desconcertado, como si mi juventud estuviera en peligro. Y, con torpeza, me dejo llevar hasta una de las habitaciones, donde me topo con un ser diminuto hasta lo liliputiense. Se trata de un anciano, que al sentir mi presencia se vuelve con sigilo; es de rasgos japoneses. Al instante comprendo que estoy ante Nomi que sonríe y se vuelve a dar la vuelta. Observa como el otoño lanza hojas que con resignación llegan al suelo de hierba seca que rodea a los árboles centenarios.

En la facultad me habían indicado que este hombre poseía la más bella flor de crisantemo, única en su especie. Continua de espaldas observando la tarde y yo hago lo propio pues su cuerpo no es suficiente para eclipsar la imagen que tamiza la ventana. De este modo mantenemos una conversación breve y alargada por el silencio limpio de sus pausas. Oscurece en la ventana al tiempo que amanece en mi instinto de botánico.

Después hemos tomado té y me ha mostrado el crisantemo que guarda en un cuaderno de memorias. Quizá fue bello en otro tiempo. Ahora sus hojas están secas, se han convertido en polvo. Nomi me indica, sin gravedad, con parsimonia y mientras sonríe: « El crisantemo dejó de regalar su fragancia ».

lunes 19 de septiembre de 2011

MITO

Visto la camiseta de Dani Segundo mientras juego en mitad de la acera arropado por el estruendo continuado de coches. Mi pelota deshinchada pega sobre los ladrillos rojizos de una fachada. Golpeo cada vez con mayor energía en un intento por hacerme notar; pero soy un niño minúsculo. Gritos humanos, ladridos de perros y otros sonidos no artificiales, serpentean el ruido monocorde de esta sinfonía delirante. Estoy sólo y los vehículos se agolpan junto a mi conscientes de que dejar berrear al claxon no cuesta dinero. A tramos irregulares voces anónimas pugnan por abrirse paso, hacerse notar en semejante despropósito. Un Josemanuélameriendaaaaaaaaaa llega con éxito a mi oído procedente del patio interior del bloque de pisos.

Sí, lo han adivinado, me llamo José Manuel y esa voz de soprano que oyen es de mi mamá. Soy consciente de que no dejará de desgañitarse hasta que el pan con vetetúasaber no esté entre mis manos. Recojo con el empeine el balón y, a la vez que camino, lo voy golpeando alternativamente con uno y otro pie. Así, sin que ello suponga un mínimo esfuerzo, subo las escaleras de tres pisos y hago sonar el timbre de casa. Ciento veintiuno, ciento veintidós, ciento veintitrés… mi mente lleva la cuenta, podría estar así hasta mañana.

¿Saben lo que creo? Quizá se esté forjando un mito en mí. Pero también puede ser que esta ciudad, en una de sus rotaciones violentas, lance mi inocencia y mi habilidad contra las paredes frías de una multitud sin forma, una muchedumbre sin voz, una humanidad anónima e ingente, y mis ilusiones sean desmembradas merced al golpe que resultaría de ello.

Valla por Díos, pan con manteca otra vez.



martes 6 de septiembre de 2011

... azul...

Por la distancia la embarcación es minúscula en un cielo plomizo que se quiebra con rayos inofensivos cuyas luces, a ratos espaciados, salpican los flancos de la nave. Es el afecto que parte. Un cariño grave, redondo, se marcha dejando oscuridad y tormenta. Ahora el alma, esa identidad dudosa, ese peso muerto que arrastra mi intelecto, se derrumba o empequeñece, se apaga y muestra síntomas de cambio. Su color se torna violáceo y oscuro. Contra el muelle la mar caprichosa me tira sus olas con saña. Son espumosas y violentas esas aguas que se confunden en mi cuerpo con la lluvia enojada. La tormenta está desatada e imagino lo pequeña que resulta mi imagen desde la embarcación y tiemblo en el azul que lo domina todo.

miércoles 6 de julio de 2011

... rojo...

Nada. Y detrás de ello un vacío metálico, un silencio redondo, perfecto. Nada y se suceden los husos, las revoluciones, el tiempo devorador que engulle a los hijos de la tierra. Silencio, o acaso el tictac de los días idénticos. Camino por una ciudad cualquiera y sin embargo sé que en ella radican mis raíces; lugar extraño y desconocido, ajeno, que tiene un nombre repetido con vehemencia. Mi soledad. Observo como el vidrio de las lunas recibe el brío luminoso de esta urbe mientras mi cuerpo, embutido en ropas sin lustre, emula el sortilegio del vampiro, soy Nadie pues mi imagen esquiva el reflejo en los cristales. Nada. En los escaparates abigarrados, allí donde se da la vida, el comercio, falta mi existencia. Deambulo. Nada. Nadie. Pero en mitad del bullicio vacío, en el centro mismo del silencio estridente un océano rojo. Remembranza limpia, evocación sonora, cromática. Quiero recordar el sonido suave de sus pasos sobre el albero, sus pies pequeños sin nombre, el disparo de sus frescos ojos profundos, dos mares. Cruzamos las miradas y su rostro se enciende. Rubor adolescente, vivo, y bajo el color una sonrisa leve, una pequeña mueca osada, roja. Olor a lavanda y mi juventud. 

miércoles 29 de junio de 2011

... blanco...

Me he ido llorando. La muchacha de la triste figura está desnuda. Su cuerpo blanco y flaco es un huso profanado por la tinta de distintos colores que decoran su orografía sencilla. Las formas de esta joven muestran un relieve suave, no aventuran depresión ni estridencia. Desde antes que se insinué su codo un tatuaje de puro ornamento multicolor, sin representación concreta, se derrama hasta la mano; allí se enreda en la profusión de anillos que visten sus dedos afilados y atractivos. Además una mariposa extiende sus alas desde la escasez de uno de sus pechos para llegar hasta una magra nalga, aquella que le es más lejana, tras atravesar el costado y la espalda. Dan vida a este hermoso insecto sencillas líneas que respetan el albor de la carne de la mujer. Por lo demás todo es blanco, muy blanco, albino alrededor de su azabache monte de Venus. Cabello ralo, ojos oscuros en oscuras cuencas y dos pezones apuntados conforman el resto de accidentes, pues son en ella blancos hasta los labios. Adivinamos su esqueleto algo encorvado bajo este envoltorio limpio, de pura leche, y querríamos pensar que esta persona está diseñada para ser un calmante para la lujuria. Sin embargo sus ojos, su silencio, su oscuro triangulo me invitaron y el deseo se había instalado en mi. Siento en ese instante el calor del güisqui en la garganta y cómo bombea mi corazón la sangre que llega a mis sienes. Los labios mudos de esta mujer, nada voluptuosos, permanecen impasibles, como si alguien hubiera trazado una línea para engañar a la sumisión de un rostro sin voluntad ni oposición, sin posibilidad de queja. En la habitación olía a un excesivo ambientador dulzón que empujaba a mi consciencia hacia la caída, hacia la nada. Me precipito sobre ella con torpeza y la abrazo sin soltar el vaso. Permanecía impasible mientras mis brazos se anudaban detrás. Una de mis manos se aferra a la muñeca por encima de mi otra mano vertiéndose así parte del contenido del vaso sobre la nalga de la chica. Nada. Ninguna palabra, ningún suspiro. Ningún movimiento. Me aferro excitado a un cuerpo que permanece impasible en mitad de la habitación, erguido y con los brazos a los lados. Ahora brotan las lágrimas. Mis lágrimas. Les dije que ya me había ido.