lunes, 15 de noviembre de 2010

Donde mueren las gallinas

Veo una mano. Me fijo en los canales que surcan su orografía. Es una mano moteada, de vellos pronunciados y blancos, quizá del color del humo. Se advierte bajo su piel cuarteada la inmediatez de unos huesos que le dan esa forma grande y resuelta, desproporcionada respecto del cuerpo al que pertenece. Esa mano se ocupa en ejecutar, sin esfuerzo alguno y con la destreza propia que da el tiempo, hábiles movimientos que transmiten, a la navaja vieja que sostiene, una industria artesana y rara capaz de arrancar fragmentos de madera a un trozo de leño. Como resultado de esa ciencia antigua brota del corazón del madero, corte tras corte, un objeto nuevo y obsoleto, un artículo en desuso, algo tosco y cateto.

El sol es amarillo y frío, su calor es un soplo suave que acaricia. Hay una estampa desvaída de un santo aterida en la pared húmeda, un almanaque de un tiempo remoto, sin fechas ya. Silba la cafetera que se calienta sobre el anafre, es un murmullo modesto. El humo que de ella asciende parece el tributo votivo al santo del viejo calendario. La doméstica ofrenda llega al olfato del hombre anciano que al parecer soy. Dejo sobre la mesa la figura de madera y apago el fuego. Me miro de nuevo la mano y la siento ajena, la mano de un viejo que no soy. Que me niego a ser.

Detrás de la ventana hay un limonero cargado de limones que nadie recoge. Estos frutos caen al suelo por el peso y se ocultan entre la maleza salvaje. Hubo un tiempo en que esa maleza era una tierna y frondosa hierba. Entonces los limones eran codiciados frutos que desprendían su aroma en el patio, en la cocina, y siempre había una mano, unos labios deseosos, de agarrarlos, de degustarlos. Me propongo respirar intensamente pero a mi olfato sólo llega el silencio. La misma sensación se ceba con mis oídos desde horas, ha pasado demasiado tiempo.

Más allá del limonero y sus limones pálidos veo la puerta de la verja, y más allá la calle desierta. Ya va siendo hora de oír el sonido del claxon, el griterío molesto del muchacho. El ruido. Hora de ver esa sonrisa forzada de su padre, mi hijo, de notar la incomodidad de siempre. Será cuestión de pasar el rato con esta estúpida figura de madera que el niño dejará en un rincón sin prestar atención.

Van a dar las seis de la tarde. Una nube cada vez más grande se ha interpuesto entre la casa y el sol. Crece y acentúa su color plomizo. Seguro que descargará pero no me apetece cerrar la ventana. Percibo el frío y suena el viento que se ha levantado. El viento desapacible, que ha venido de allí donde quiera que estuviera, mueve las ramas del limonero desprendiendo de éste algunos limones más que van a dar al suelo, al olvido.

He dado por concluida la figura de la gallina de madera a eso de las siete y media. Y nada del muchacho, nada de su padre, mi hijo. El chico había disfrutado en el patio con la gallina que teníamos... Que yo tenía... Para entonces ella ya me había dejado... También...

La última vez que me visitaron el muchacho estuvo dando la murga con la gallina. Por la ventana lo veía tras el animal, sin dejarla un momento de reposo. Murió el año pasado. La gallina. Quizá no quiera volver aquí. Donde mueren las gallinas.

3 comentarios:

Ricard dijo...

Hola!
Te he encontrado en el blogroll de Luz de Gas RadioBlog. Me uno a tus seguidores.
Yo tengo un blog de F1 y me gustaria que te unieras a mi grupo de amigos y seguir en contacto.

Saludos,
Ricard

Almanzurbillah dijo...

Hola Ricard

Cuenta con ello, estamos en contacto.

Saludos

PD. Por cierto veo que estás de enhorabuena a juzgar por la denominación de tu blog.

venus* dijo...

Me fascina leerte porque todo lo que escribes lo bordas...Me gusta....tu lo sabes¿?
venus*