viernes, 28 de mayo de 2010

El Cantar de los Cantares

CAPÍTULO 1
1. Cantar de los cantares, de Salomón.
2. ¡Que me bese con los besos de su boca! Mejores son que el vino tus amores;
3. mejores al olfato tus perfumes; ungüento derramado es tu nombre, por eso te aman las doncellas.
4. Llévame en pos de ti: ¡Corramos! El Rey me ha introducido en sus mansiones; por ti exultaremos y nos alegraremos. Evocaremos tus amores más que el vino; ¡con qué razón eres amado!
5. Negra soy, pero graciosa, hijas de Jerusalén, como las tiendas de Quedar, como los pabellones de Salmá.
6. No os fijéis en que estoy morena: es que el sol me ha quemado. Los hijos de mi madre se airaron contra mí; me pusieron a guardar las viñas, ¡mi propia viña no la había guardado!
7. Indícame, amor de mi alma, dónde apacientas el rebaño, dónde lo llevas a sestear a mediodía, para que no ande yo como errante tras los rebaños de tus compañeros.
8. Si no lo sabes, ¡oh la más bella de las mujeres!, sigue las huellas de las ovejas, y lleva a pacer tus cabritas junto al jacal de los pastores.
9. A mi yegua, entre los carros de Faraón, yo te comparo, amada mía.
10. Graciosas son tus mejillas entre los zarcillos, y tu cuello entre los collares.
11. Zarcillos de oro haremos para ti, con cuentas de plata.
12. - Mientras el rey se halla en su diván, mi nardo exhala su fragancia.
13. Bolsita de mirra es mi amado para mí, que reposa entre mis pechos.
14. Racimo de alheña es mi amado para mí, en las viñas de Engadí.
15. - ¡Qué bella eres, amada mía, qué bella eres! ¡Palomas son tus ojos!
16. - ¡Qué hermoso eres, amado mío, qué delicioso! Puro verdor es nuestro lecho.
17. - Las vigas de nuestra casa son de cedro, nuestros artesonados, de ciprés.

CAPÍTULO 2

1. Yo soy el narciso de Sarón, el lirio de los valles.
2. - Como el lirio entre los cardos, así mi amada entre las mozas.
3. - Como el manzano entre los árboles silvestres, así mi amado entre los mozos. A su sombra apetecida estoy sentada, y su fruto me es dulce al paladar.
4. Me ha llevado a la bodega, y el pendón que enarbola sobre mí es Amor.
5. Confortadme con pasteles de pasas, con manzanas reanimadme, que enferma estoy de amor.
6. Su izquierda está bajo mi cabeza, y su diestra me abraza.
7. - Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas, por las ciervas del campo, no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca.
8. ¡La voz de mi amado! Helo aquí que ya viene, saltando por los montes, brincando por los collados.
9. Semejante es mi amado a una gacela, o un joven cervatillo. Vedle ya que se para detrás de nuestra cerca, mira por las ventanas, atisba por las rejas.
10. Empieza a hablar mi amado, y me dice: "Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente.
11. Porque, mira, ha pasado ya el invierno, han cesado las lluvias y se han ido.
12. Aparecen las flores en la tierra, el tiempo de las canciones es llegado, se oye el arrullo de la tórtola en nuestra tierra.
13. Echa la higuera sus yemas, y las viñas en cierne exhalan su fragancia. ¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente!
14. Paloma mía, en las grietas de la roca, en escarpados escondrijos, muéstrame tu semblante, déjame oír tu voz; porque tu voz es dulce, y gracioso tu semblante."
15. Cazadnos las raposas, las pequeñas raposas que devastan las viñas, pues nuestras viñas están en flor.
16. Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado: él pastorea entre los lirios.
17. Antes que sople la brisa del día y se huyan las sombras, vuelve, sé semejante, amado mío, a una gacela o a un joven cervatillo por los montes de Béter.

CAPÍTULO 3
1. En mi lecho, por las noches, he buscado al amor de mi alma. Busquéle y no le hallé.
2. Me levantaré, pues, y recorreré la ciudad. Por las calles y las plazas buscaré al amor de mi alma. Busquéle y no le hallé.
3. Los centinelas me encontraron, los que hacen la ronda en la ciudad: "¿Habéis visto al amor de mi alma?"
4. Apenas habíalos pasado, cuando encontré al amor de mi alma. Le aprehendí y no le soltaré hasta que le haya introducido en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me concibió.
5. Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, por las gacelas, por las ciervas del campo, no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca.
6. ¿Qué es eso que sube del desierto, cual columna de humo sahumado de mirra y de incienso, de todo polvo de aromas exóticos?
7. Ved la litera de Salomón. Sesenta valientes en torno a ella, la flor de los valientes de Israel:
8. todos diestros en la espada, veteranos en la guerra. Cada uno lleva su espada al cinto, por las alarmas de la noche.
9. El rey Salomón se ha hecho un palanquín de madera del Líbano.
10. Ha hecho de plata sus columnas, de oro su respaldo, de púrpura su asiento; su interior, tapizado de amor por las hijas de Jerusalén.
11. Salid a contemplar, hijas de Sión, a Salomón el rey, con la diadema con que le coronó su madre el día de sus bodas, el día del gozo de su corazón.

CAPÍTULO 4
1. Qué bella eres, amada mía, qué bella eres! Palomas son tus ojos a través de tu velo; tu melena, cual rebaño de cabras, que ondulan por el monte Galaad.
2. Tus dientes, un rebaño de ovejas de esquileo que salen de bañarse: todas tienen mellizas, y entre ellas no hay estéril.
3. Tus labios, una cinta de escarlata, tu hablar, encantador. Tus mejillas, como cortes de granada a través de tu velo.
4. Tu cuello, la torre de David, erigida para trofeos: mil escudos penden de ella, todos paveses de valientes.
5. Tus dos pechos, cual dos crías mellizas de gacela, que pacen entre lirios.
6. Antes que sople la brisa del día, y se huyan las sombras, me iré al monte de la mirra, a la colina del incienso.
7. ¡Toda hermosa eres, amada mía, no hay tacha en ti!
8. Ven del Líbano, novia mía, ven del Líbano, vente. Otea desde la cumbre del Amaná, desde la cumbre del Sanir y del Hermón, desde las guaridas de leones, desde los montes de leopardos.
9. Me robaste el corazón, hermana mía, novia, me robaste el corazón con una mirada tuya, con una vuelta de tu collar.
10. ¡Qué hermosos tus amores, hermosa mía, novia! ¡Qué sabrosos tus amores! ¡más que el vino! ¡Y la fragancia de tus perfumes, más que todos los bálsamos!
11. Miel virgen destilan tus labios, novia mía. Hay miel y leche debajo de tu lengua; y la fragancia de tus vestidos, como la fragancia del Líbano.
12. Huerto eres cerrado, hermana mía, novia, huerto cerrado, fuente sellada.
13. Tus brotes, un paraíso de granados, con frutos exquisitos:
14. nardo y azafrán, caña aromática y canela, con todos los árboles de incienso, mirra y áloe, con los mejores bálsamos.
15. ¡Fuente de los huertos, pozo de aguas vivas, corrientes que del Líbano fluyen!
16. ¡Levántate, cierzo, ábrego, ven! ¡Soplad en mi huerto, que exhale sus aromas! ¡Entre mi amado en su huerto y coma sus frutos exquisitos!

CAPÍTULO 5
1. Ya he entrado en mi huerto, hermana mía, novia; he tomado mi mirra con mi bálsamo, he comido mi miel con mi panal, he bebido mi vino con mi leche. ¡Comed, amigos, bebed, oh queridos, embriagaos!
2. Yo dormía, pero mi corazón velaba. ¡La voz de mi amado que llama!: "¡Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi perfecta! Que mi cabeza está cubierta de rocío y mis bucles del relente de la noche."
3. - "Me he quitado mi túnica, ¿cómo ponérmela de nuevo? He lavado mis pies, ¿cómo volver a mancharlos?"
4. ¡Mi amado metió la mano por la hendedura; y por él se estremecieron mis entrañas.
5. Me levanté para abrir a mi amado, y mis manos destilaron mirra, mirra fluida mis dedos, en el pestillo de la cerradura.
6. Abrí a mi amado, pero mi amado se había ido de largo. El alma se me salió a su huida. Le busqué y no le hallé, le llamé, y no me respondió.
7. Me encontraron los centinelas, los que hacen la ronda en la ciudad. Me golpearon, me hirieron, me quitaron de encima mi chal los guardias de las murallas.
8. Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, si encontráis a mi amado, ¿qué le habéis de anunciar? Que enferma estoy de amor.
9. ¿Qué distingue a tu amado de los otros, oh la más bella de las mujeres? ¿Qué distingue a tu amado de los otros, para que así nos conjures?
10. Mi amado es fúlgido y rubio, distinguido entre diez mil.
11. Su cabeza es oro, oro puro; sus guedejas, racimos de palmera, negras como el cuervo.
12. Sus ojos como palomas junto a arroyos de agua, bañándose en leche, posadas junto a un estanque.
13. Sus mejillas, eras de balsameras, macizos de perfumes. Sus labios son lirios que destilan mirra fluida.
14. Sus manos, aros de oro, engastados de piedras de Tarsis. Su vientre, de pulido marfil, recubierto de zafiros.
15. Sus piernas, columnas de alabastro, asentadas en basas de oro puro. Su porte es como el Líbano, esbelto cual los cedros.
16. Su paladar, dulcísimo, y todo él, un encanto. Así es mi amado, así mi amigo, hijas de Jerusalén.

CAPÍTULO 6
1. ¿A dónde se fue tu amado, oh la más bella de las mujeres? ¿A dónde tu amado se volvió, para que contigo le busquemos?
2. Mi amado ha bajado a su huerto, a las eras de balsameras, a apacentar en los huertos, y recoger lirios.
3. Yo soy para mi amado y mi amado es para mí: él pastorea entre los lirios.
4. Hermosa eres, amiga mía, como Tirsá, encantadora, como Jerusalén, imponente como batallones.
5. Retira de mí tus ojos, que me subyugan. Tu melena cual rebaño de cabras que ondulan por el monte Galaad.
6. Tus dientes, un rebaño de ovejas, que salen de bañarse. Todas tienen mellizas, y entre ellas no hay estéril.
7. Tus mejillas, como cortes de granada a través de tu velo.
8. Sesenta son las reinas, ochenta las concubinas, (e innumerables las doncellas).
9. Única es mi paloma, mi perfecta. Ella, la única de su madre, la preferida de la que la engendró. Las doncellas que la ven la felicitan, reinas y concubinas la elogian:
10. "¿Quién es ésta que surge cual la aurora, bella como la luna, refulgente como el sol, imponente como batallones?"
11. Al nogueral había yo bajado para ver la floración del valle, a ver si la vid estaba en cierne, y si florecían los granados.
12. ¡Sin saberlo, mi deseo me puso en los carros de Aminadib!

CAPÍTULO 7
1. ¡Vuelve, vuelve, Sulamita, vuelve, vuelve, que te miremos! ¿Por qué miráis a la Sulamita, como en una danza de dos coros?
2. ¡Qué lindos son tus pies en las sandalias, hija de príncipe! Las curvas de tus caderas son como collares, obra de manos de artista.
3. Tu ombligo es un ánfora redonda, donde no falta el vino. Tu vientre, un montón de trigo, de lirios rodeado.
4. Tus dos pechos, cual dos crías mellizas de gacela.
5. Tu cuello, como torre de marfil. Tus ojos, las piscinas de Jesbón, junto a la puerta de Bat Rabbim. Tu nariz, como la torre del Líbano, centinela que mira hacia Damasco.
6. Tu cabeza sobre ti, como el Carmelo, y tu melena, como la púrpura; ¡un rey en esas trenzas está preso!
7. ¡Qué bella eres, qué encantadora, oh amor, oh delicias!
8. Tu talle se parece a la palmera, tus pechos, a los racimos.
9. Me dije: Subiré a la palmera, recogeré sus frutos. ¡Sean tus pechos como racimos de uvas, el perfume de tu aliento como el de las manzanas,
10. tu paladar como vino generoso! El va derecho hacia mi amado, como fluye en los labios de los que dormitan.
11. Yo soy para mi amado, y hacia mí tiende su deseo.
12. ¡Oh, ven, amado mío, salgamos al campo! Pasaremos la noche en las aldeas.
13. De mañana iremos a las viñas; veremos si la vid está en cierne, si las yemas se abren, y si florecen los granados. Allí te entregaré el don de mis amores.
14. Las mandrágoras exhalan su fragancia. A nuestras puertas hay toda suerte de frutos exquisitos. Los nuevos, igual que los añejos, los he guardado, amado mío, para ti.

CAPÍTULO 8
1. ¡Ah, si fueras tú un hermano mío, amamantado a los pechos de mi madre! Podría besarte, al encontrarte afuera, sin que me despreciaran.
2. Te llevaría, te introduciría en la casa de mi madre, y tú me enseñarías. Te daría a beber vino aromado, el licor de mis granadas.
3. Su izquierda está bajo mi cabeza, y su diestra me abraza.
4. Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, no despertéis, no desveléis al amor, hasta que le plazca.
5. ¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado? Debajo del manzano te desperté, allí donde te concibió tu madre, donde concibió la que te dio a luz.
6. Ponme cual sello sobre tu corazón, como un sello en tu brazo. Porque es fuerte el amor como la Muerte, implacable como el seol la pasión. Saetas de fuego, sus saetas, una llama de Yahveh.
7. Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera todos los haberes de su casa por el amor, se granjearía desprecio.
8. Tenemos una hermana pequeña: no tiene pechos todavía. ¿Qué haremos con nuestra hermana el día que se hable de ella?
9. - Si es una muralla, construiremos sobre ella almenas de plata si es una puerta, apoyaremos contra ella barras de cedro.
10. - Yo soy una muralla, y mis pechos, como torres. Así soy a sus ojos como quien ha hallado la paz.
11. Salomón tenía una viña en Baal Hamón. Encomendó la viña a los guardas, y cada uno le traía por sus frutos mil siclos de plata.
12. Mi viña, la mía, está ante mí; los mil siclos para ti, Salomón; y doscientos para los guardas de su fruto.
13. ¡Oh tú, que moras en los huertos, mis compañeros prestan oído a tu voz: ¡deja que la oiga!
14. ¡Huye, amado mío, sé como la gacela o el joven cervatillo, por los montes de las balsameras!

martes, 16 de marzo de 2010

Génesis

Amaneció en la ventana. Y al cabo amanecía ya en las tapas ajadas de aquel libro. La luz del sol llegaba hasta él arrancándole el vago recuerdo de su contenido. Ese libro, la noche anterior, me había tenido hasta el borde de la vigilia contemplando el firmamento, sumido en la dulce concepción de mi pequeñez. A través de esa misma ventana, absorto en el fulgor de estrellas engalanadas por la poesía, me había hecho por primera vez preguntas cuyas respuestas, aún veladas y oscuras, imaginaba habrían de ser tan fulgurantes como aquellos hermosos y milenarios astros.
Ahora los rayos solares amenazan con proyectar su luz sobre el embozo, aún sumido en la grisácea penumbra, bajo el cual mis pies dormidos sueñan con mágicas peregrinaciones. La claridad entra sesgada en la habitación, es un ejército de hormigas hacendosas que, muellemente y sin descanso, avanza con el propósito de coronar la cima de mi cuerpo descansado. Ahora tengo la certeza de que este cuerpo ha sido hasta ayer un conjunto de dependencias vacías al que ha llegado un inquilino nuevo e inquieto, ávido de conocimiento. Me desasosiega profundamente el descubrimiento de saberme un alma.
La progresión incansable de las hormigas ha inundado ya cada rincón de la habitación. El momento en que los rayos de luz han alcanzaron los macerados e hieráticos pies del crucifijo que pende de la pared por encima de la cabecera de mi cama, siguiendo la sucesión de mis elucubraciones, ha llevado a mis pensamientos a un punto que, asustado, he arrojado de mi mente prestamente. Permanezco en la cama con la sensación de estar fuera del engranaje lógico de mis días anteriores. Esta extraña metamorfosis, como apoteosis del proceso iniciado la víspera, expulsa ahora de mi cuerpo al firme auriga que fui, y que asía férreamente las riendas de su existencia, dejando entre sus paredes a una marioneta ansiosa por contactar con el otro extremo de sus hilos.
Tengo ante mí la tarea nada trivial de conocerme.

martes, 2 de febrero de 2010

Degete

Es un regalo de las ondas, escucho los Sunday Drivers en la radio, las notas brotas de un lugar indeterminado del habitáculo mientras mi compañero de viaje reposa soñoliento sobre el asiento contiguo, ha adoptado una pose irregular pero se le adivina descansado. El suave y agradable calor de los rayos del sol nos abraza. Se trata del primer respiro que nos da este invierno crudo. Inesperadamente estoy conforme conmigo mismo, lo que resulta de lo más inusual. Debe ser la armonía que me circunda esta tarde de domingo. Una de mis sonrisas se abre camino entre los músculos dormidos de mi rostro sereno. En este instante es posible la aceptación. Soy este que veo en el retrovisor. Me reconozco en él a pesar de no ser aquel otro al que los años han sepultado bajo esta otra piel. He leído que la piel se renueva cada treinta días aproximadamente, así que dónde está ahora aquel muchacho. Por primera vez no me desagrada la persona adulta que se dibuja en el cristal. Repentina y sorpresivamente siento un vaivén que viene a ser un vértigo violento encajado en el instante de una décima de segundo…
… Siento una sed sojuzgadora y, al mismo tiempo diviso una deslumbrante luz cegadora al fondo de un túnel, he olvidado ya aquel instante anterior en el que, desde la indeterminada existencia, percibía, con creciente dificultad, un radiofónico anuncio, algo sobre la degete.

lunes, 9 de noviembre de 2009

... más allá del arrojo, cerca del deseo, ...

Aquello último que llamo desnudez. Pene. El bello de mis glúteos en el desamparo de un mar vegetal. El viento, que mece cada espiga, las empuja contra la más blanca piel, esa puerta de la calle de mi cuerpo. Este campo es echarse a la calle, se muestra tras los portales. La calle se extiende hasta todo aquello que no soy yo. Primeros atisbos del fresco invierno. Invierno de sol apagado, luz uniforme. Desnudo en mitad de un campo arrasado por la furia infantil del viento, por la luz gris de una tarde sencilla. El resultado de ser provinciano y rozar la otra piel, la que dibuja el anhelo en el cuerpo próximo, es un alarido callado que reposará junto a un árbol milenario, junto a unos aperos, sepultado para siempre en la humedad. El viento silva entre las piernas del deseo, mientras el tacto arranca la electricidad de una nube cercana. Sólo en mi encontrará ese cuerpo el calor suficiente.

lunes, 26 de octubre de 2009

Otoño

Una suerte de lluvia escasa y remolona cae sobre el vidrio de la ventana. Se mezcla con el polvo de la cara exterior del cristal trazando breves líneas ocres. Delante está ella, sentada en la mesa central de la cocina, que recibe la escasa luz que entra acentuando parte de su pelo y uno de sus hombros. Se cuida de saludarme. Toma un café mientras suena esa ópera, la Bohème de Puccini casi con toda probabilidad. Las cuatro cervezas del almuerzo revolotean mi conciencia, he quedado transpuesto en el sofá del salón y las llevo agarradas a la lengua, a la garganta, al esófago. Casi estoy soñando aún, pero soñando con nada, cuando emito un sonido gutural a modo de saludo:
— …
— ¿Qué?—, el aire sale de su boca a regañadientes y los fonemas se dejan entender ayudados por la costumbre.
— No. Nada— las palabras se pegan a las paredes secas de mi boca. La idea otoño, apuntada, casi carente de significado, aflora a mi mente. Y a medida que se va haciendo presente, cobrando significado, la identifico con nosotros, con ambos.
Esta mujer, a saber quién es, se levanta y sube el volumen del reproductor de cedés. Entre los dos se forma el cómodo obstáculo del sonido.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Insomnio

Este agosto oscuro y estrellado se pega al cuerpo desnudo, se hace presente mediante una película de sudor, un humor ligeramente graso, como el híbrido que formaría una gota de aceite de oliva mezclada a fuego lento en un recipiente sucio al que se hubiera vertido un litro de agua salada. No hace más de unos pocos minutos de la última ducha y la higiénica humedad, deliberadamente olvidada sobre el cuerpo, ya se ha tornado en ese envoltorio pegajoso. Alguna nocturna sirena de ambulancia, servicio de urgencia, se ha dejado oír en la distancia dilatada por el calor que asfixia a la ciudad. En el exterior de la oprimida habitación una de las bombillas, ocultas en el interior del rótulo del hostal, está parpadeando, a punto de dejar de ser útil, y su luz albina modula la intensidad de la escasa iluminación que penetra en el exiguo cuarto. Esa luz, de un albor limpio que contrasta con el rótulo del que procede, muestra al joven tirado sobre unas sábanas impregnadas del oleoso elemento que cubre su piel. El parpadeo luminoso hace evocar al muchacho una película de cine cuyo motivo es la ciudad de Nueva York y la intermitencia regular y previsible de un neón de color rojo.
Allí, de donde procede, cerca del mar abierto, la brisa ayuda a conciliar el sueño. El calor que conoce, que le es habitual, es seco. Aquí la humedad marina es algo quieto que forma parte de la ciudad, y el calor de esta noche —tanto es que es un castigo—, la fija a cada uno de sus rincones, impide que se renueve. Es una humedad rancia.
Ha dejado atrás lo conocido. Saltado al vacío asido a unos pocos billetes. Hasta ahora sólo ha conseguido pasar las noches en vela. Y el tiempo pasa lento. Lento en la piel, en los sentidos; mucho más fugaz en el bolsillo. El calor, la fatiga provocada por la vigilia, la humedad pegajosa, esta ciudad agotadora no dejan pensar al arrojado muchacho. Necesita hacer pie, centrarse, poner las ideas claras. Ha pensado largamente en aquello, realizar esa llamada, que quizá sea el modo de empezar.
Alarga la mano sobre la escueta mesita y recoge la cajetilla de cigarrillos deforme por el uso compulsivo. Busca con los dedos hasta desgarrarla, y descubre que está vacía. Lanza el inocuo amasijo de papel y celofán por la ventana, agrediendo así a la ciudad que lo castiga.
Es este calor que desordena las ideas, las frena y adormece, ralentiza la actividad de la mente. No puede haber otra explicación que justifique la acción anterior. La pequeña luz al fondo del callejón oscuro en que se ha convertido el proyecto de establecerse, el endeble hilo del que tirar con la remota posibilidad de sacar algo con lo que asirse a esta ciudad voraz, aquello que quizá permitiría hacer pie a ambos lados de sus enormes fauces devoradoras, viaja por el espeso aire detenido en la calle. Es todo culpa de la ausencia de un viento que lo renueve todo. Es todo culpa de este insomnio que lo hace miserable y obtuso.
Se dice que tiene que recuperar la cajetilla a toda costa. Sólo aparentemente está vacía. Incluye la que considera su última opción. A su favor la certeza de que el viento no la llevará lejos. Busca en el interior del armario, va quedando poca ropa no usada, lo más ligero que poder vestir está usado. La sola idea de cubrir el cuerpo lo lastima.
Siente que sin la cajetilla se cierne la oscuridad, se cierran las puertas, concluye el proyecto. Su intento de hacerse ciudadano, en el sentido más estricto del término, se desvanecerá con la constatación definitiva de su pérdida. Se niega, aunque con indolencia, agotado por el calor. Necesita esa cajetilla de cigarrillos. Tiene acabadas las fuerzas, retornará a su realidad vacía, tiene que depositar la escasa y mermada fuerza de su arrojo en la búsqueda de ese maldito paquete de tabaco. Es un imperativo.
Para poder cubrir el torso con la blusa que ha elegido, una medianamente limpia entre las escasas opciones, precisa una ducha. Al fin y al cabo ningún viento enojado arrastrará lejos la arrugada cajetilla, serán cinco minutos. Mira de frente, tiene contados los dieciséis pequeños orificios surtidores de vida, ve salir los minúsculos chorros y cierra los párpados bajo el frescor. Cajetilla. La imagina quieta y silenciosa, calmada, deleitada en la soledad tranquila de la madrugada, en medio de la acera, quizá sobre el asfalto abrasado de la calzada, como mucho apoyada en el bordillo, quizá entre los coches, oculta, extraviada para siempre. Crece la ansiedad. Necesita hacerse con ella, sin embargo el agua recorriendo su cuerpo lo tiene parado. Confía en que el frescor ordene sus ideas. Pero es una sensación efímera, el agua, como todo en esta ciudad, acaba estando caliente.
El sonido de unas sirenas está clavado en la lejanía. Las puertas de la calle están abiertas. No corre la más mínima brisa. La noche oscura se cierne más allá de la luz de las farolas. Ya en el exterior, para orientar la búsqueda, indaga con la mirada sobre la fachada del edificio intentando identificar su habitación; el parpadeo de la luz del letrero consigue que se sitúe. Al mirar sobre la posible zona en que debería encontrar la ansiada cajetilla percibe el hedor de un desbordado contenedor de basura. En la oscuridad, con premeditada discreción, equidistante entre las luces de dos farolas, el surtidor del mal olor, hostigado por la temperatura reinante en la ciudad, se ha parapetado tras un círculo de grosera inmundicia olfativa que se hace más intenso a medida que se estrecha su perímetro. Según los cálculos del joven, internarse en él es ineludible.
Para recuperar la cajetilla se sumerge en efluvios intensos y desagradables. Alrededor del contenedor escasea la luz. Tiene puestas sus esperanzas en encontrar la cajetilla fuera del núcleo pestilente. Merodea fijando la mirada con disimulo a pesar de estar solo en la ciudad. Va creciendo la sospecha. La sucia tapa del contenedor está abierta y se apoya en las cajas acomodadas sobre un costado que no han tenido cabida. Sería imposible cerrarlo, desde el interior se eleva una pirámide de suciedad mal contenida en bolsas desgarradas. Quizá la fortuna, esquiva, hizo que el maldito paquete fuera a parar al interior.
Por fin no tiene más opción que acercarse al contenedor. Ahora el obstinado e inconmovible calor, sumado a la creciente y agobiante pestilencia, lo introduce en una nebulosa que se hace presente hasta avasallar sus flaquezas, se hace sólida, como una nube espesa e irrespirable, y se instala en las sienes, y la mirada se turba. Se hace pesada y agota las fuerzas, y especialmente la voluntad. Con creciente agotamiento, con asco, se asoma al contenedor, observa el montículo degradado, las bolsas incapaces de cumplir su función, derretidas, quebradas.
Aquel estado de fétida embriaguez lo hace dudar, quizá no es tan trascendente seguir en la ciudad. Su idea de esta ciudad, la conocida, la que lo derrota cada día, no es el reflejo de aquella platónica idea que albergaba su deseo, esta es hija de otra figura, distinta y oscura, pálpito de otra idea, la de un exabrupto asfixiante, la de una patada que habita el mundo de las ideas.
Se apoya en el contenedor, tocando con sus manos algo pegajoso entre plástico y orgánico. Se asoma; el hedor nubla su conciencia hasta el extremo del abandono. Cae. Se sumerge. Se pierde.

Con el revuelo que se había armado a primera hora de ayer se habían ahorrado barrer en la zona delimitada por las cintas policiales. Sin embargo hoy el trabajo necesariamente se habría duplicado. A pesar de la existencia de las múltiples papeleras que se pueden encontrar aquí y allá, y la presencia del fatídico contenedor, los envoltorios convertidos en despojos inservibles, los cigarrillos a medio fumar, los excrementos y, en general, las suciedades más diversas poblaban el suelo de la calle.
El hombre se limita a barrer, como todos los días; quizá sí, sí mira de reojo el contenedor de basura, ahora vacío, pero no se ufana, al fin y al cabo ni él ni ella han sido autores del hallazgo. En lo sucesivo aquel contenedor será catalogado entre los profesionales del ramo como otro mítico contenedor; así ocurrió con aquel, a tres calles paralelas de aquí, en el que, en 1997, apareció un bebé recién nacido envuelto en una bolsa de Galerías Preciados atada con el propio cordón umbilical. Entonces el empleado del servicio de limpieza municipal de esa zona llegó hasta a jactarse de su hallazgo.
El barrendero municipal acaba de comentar con su compañera lo insoportable de el calor, como cada rato desde hace semanas. La mañana ayuda poco a combatir los rigores de esta temperatura que sigue atrapada entre la humedad de la agotadora ciudad. Mueve la escoba a lo largo de la acera con parsimonia. La compañera hace lo propio en la distancia, frente por frente, en la otra orilla del calcinado río de asfalto. Está habituado, eso sí, a los olores de toda índole. Quizá por ello no descubrió nada ayer.
Se dice que habrá visto, a lo largo de sus ya incontables jornadas de trabajo de auxiliar del servicio de limpieza municipal, un sin fin de cajetillas de cigarrillos arrugadas e irremisiblemente entregadas a su escoba. ¿Por qué entonces aquella llama su atención?
Había fumado aquellos cigarrillos cuando estuvo en Marruecos. Claro que sí. La tiene entre sus guantes, alisando su forma, en efecto eran estos cigarrillos rubios de nombre Marquise y cajetilla color verde. Él recuerda, como si fuera ayer, el peculiar sabor de la bocanada de humo de estos cigarrillos; se adherían con intensidad a la garganta. Aquí, entre el papel y el celo hay una tarjeta de visita, pero a él sólo le interesa recordar su viaje a Marruecos.