martes, 22 de septiembre de 2009

... desengaño dermoestético...

Poned crespones negros en las solapas, pues las tan admiradas tetas de mi vecina, por artificio de la ciencia médica, han aumentado notablemente. En un momento de los últimos días aparecieron sorpresivamente tras un recodo del edificio dos volúmenes apuntados, heraldos de su portadora, y pensé en aquella canción que decía que el Kilimanjaro es un sitio raro; dos montañas nevadas en mitad de Tanzania. Aquellos pequeños cerros adorados, con su elegante modestia, habían sido sepultados por una ingente cantidad de un polímero inodoro e incoloro de silicio. Quizás por ello la camiseta de mi vecina, que a duras penas contiene los dos picos imposibles incluso para Heinrich Harrer, reza: made in Silicon Valley. Pienso que podría decir: bien venidos a California.
Cuando coincidimos a solas en el ascensor, entre algo de miedo y un vago recuerdo de pulsión sexual, el sentido común me empuja hasta encogerme en el fondo. Sin argumentos sólidos me adoso a la pared a sabiendas de estar trasgrediendo la recomendación del fabricante: capacidad máxima de cuatro personas adultas. Mis dientes rechinan sin mediar palabra.
La sonrisa de mi vecina, en la nueva distancia, es luminosa. Se atisba entre los destellos de su nuevo fulgor un no sé qué de suficiencia. No creo que exista muralla que no se rinda ante el sitio de esas voluminosas glándulas que se sostienen practicando una suerte de equilibrio insano, trasgresor de leyes relacionadas con manzanas. Este fenómeno parece haber dado vida a los otrora ojillos oscuros de la dueña de las mamas de redondez impuesta.
Añoro la caída natural de sus senos en las antípodas del tamaño pesadilla; lloro la mesura, la imagen de dos tiernos cervatillos blancos y pequeños. Mi insignificancia no estará jamás a la altura de la voluptuosidad aerostática. Ahora sé que nuestro amor es imposible.

2 comentarios:

TitoCarlos dijo...

Francamente bueno.
Un poco más exagerado es la canción de Serrat: "Me gusta todo de ti, pero tu no"

Un abrazo,

Almanzurbillah dijo...

Tito Carlos... no había retenido la frase de Serrat... muy aguda.

Un abrazo