sábado, 14 de mayo de 2016

#miNazaret2

            Y todo tiene un fin, también yo, también mi historia, la línea de tinta llega a un torrente de agua y allí se pierde. Así debe ser, esa presencia que fue constante se pierde en un chorro inmenso, el universo es así, la identidad se confunde en favor de la divinidad, así la memoria es un lunar despreciable en mitad del inmenso olvido. Así es, ¿quién soy yo, Nazaret, para cuestionar esa plenitud?   
            Desciendo del coche empleando tiempo para ello, quiero, a la vez, tomar mi primera impresión. Me despojo de las gafas de sol que sin embargo no cubrían mis ojos, inútiles descansaban en la parte alta de mi cabeza, hay días enteros que me olvido de ellas y permanecen ahí. El motor está ahora apagado y noto el calor concentrado en el capó, pero la música aún suena, sólo eso me conecta con mi momento anterior. Vuelvo sobre mi primer impulso, esquivando un posible golpe en la cabeza, ya me di más de uno, soy consciente de mis nuevas torpezas, y quito las llaves del contacto, así se hace el silencio y vuelvo a estar bajo este espléndido limonero que imagino hermoso cualquier día soleado de verano. Ahora mi percepción es franca. Aquí, ante todo, gastaré tiempo, me concederé placeres u obligaciones nuevas. Respiro con agrado el amable frescor que ha dejado el chaparrón. Quiero usar con frecuencia mi rebeca heredada, abrigarme con ella, es gruesa y negra, está algo parda, llevar debajo cualquier cosa, pasear. Leer. Leer libros, los hay a docenas en mi equipaje, me esperan, llevan demasiado tiempo esperándome. Quizá alguna vez volver a rasgar las cuerdas de mi vieja acústica, quizá.
            Está en mí esa agradable sensación de recorrer lo inexplorado que es sencillo, todo esto que es nuevo, pero repetido en mi ideario, repetido en otros pueblos que ya he visto. La tarde adormece en su color plano, es azul y es gris. Veo que la lluvia ha dado lustre a la calle empedrada que, sinuosa, desciende entre las paredes encaladas. Deseo disfrutar ahora, aquí, en el lugar de mis ancestros, que diría aquel, de todos esos libros que me esperan desde cuándo, pasear, gastar mi tiempo sin incurrir en ninguna tragedia. Cantar una canción olvidada de Janis. Conocer. Conocerme al fin. Descubrirme, mis rincones, mis sesenta y cinco años de jubilada, los rincones de este que es mi pueblo por ascendencia.

            Las calles se caen por pendientes y reaparecen en cuestas empedradas. Muchas  puertas están abiertas a la penumbra de los hogares en su interior, en ellas el olvido y el silencio no temen a la lluvia.    

miércoles, 24 de febrero de 2016

V CERTAMEN VALVERDEÑO DE CARTAS DE AMOR

AYER

Querido mío. Solía llamarte así. La luz adora tu cuerpo, no dudo de ello, por eso sé que, aun hoy, puedo llamarte querido; y si eres mío no es porque yo sea posesiva, es porque me lo ha susurrado el tiempo con su voz adulta. Allí donde te encuentres la luz coqueteará con las sombras y se ocupará de hacer visibles tus manos. Y en ellas, en tus manos, descansa la dulce idea del tacto. Y en el tacto, querido mío, está el amor, mi amor, que es una palabra abierta, que no es ninguna frontera. La letra braille con que escribiste antaño en mí es ávida por desvelar su significado. Así que veo mis manos rosadas bañadas por el fulgor que habita en la Plaza, veo las líneas azules que riegan su quietud y su movimiento bajo mi piel madura, la dermis que se renueva a cada instante. Detrás de cada suspiro mil células son nuevas. Y veo tus manos. Veo el regalo amable del maíz, la caricia vegetal de un azote apacible, y nuestras juventudes asidas de la mano. ¿Recuerdas?

17:21

Querida mía. Aquello último que llamo desnudez. Pene. El bello de mis glúteos en el desamparo de un mar vegetal. El viento, que mece cada espiga, las empuja contra la más blanca piel, esa puerta de la calle de mi cuerpo. Este campo es echarse a la calle, se muestra tras los portales. La calle se extiende hasta todo aquello que no soy yo. Primeros atisbos del fresco invierno. Invierno de sol apagado, luz uniforme. Desnudo en mitad de un campo arrasado por la furia infantil del viento, por la luz gris de una tarde sencilla. El resultado de ser provinciano y rozar la otra piel, la que dibuja el anhelo en el cuerpo próximo, es un alarido callado que reposará junto a un árbol milenario, junto a unos aperos, sepultado para siempre en la humedad. El viento silba entre las piernas del deseo, mientras el tacto arranca la electricidad de una nube cercana. Sólo en mi encontrará ese cuerpo el calor suficiente. Recuerdo amor. Voy. 

18:17

El tiempo habrá dulcificado las aristas de tu rostro, y habrá dejado las erosiones que trae la calma, la experiencia de vida que sucede a las tempestades, sin brillo ni oropel. El gigante que fuiste habrá devenido hoy hombre, sin más, en cuyas manos limpias descanse el roce de un ser querido. Me digo todo esto convencida de ello, o porque necesito llevar a mi puerto el deseo de que así sea. Ansío que las aguas de tu marea tranquila arriben a mí y descubrir en ellas a un nuevo tú, un hombre adulto vencido por el tiempo, y por ello magnifico. Deseo para mis ojos esa constatación, ningún sobresalto, acaso una lágrima suave perdida tras las lentes de mis gafas. Sin duda albergo la esperanza de que tus ojos se apiaden de mis formas y lleven a ti una imagen aceptable de la mujer que soy. 

18:56

Corazón. Voy… Dame un instante… 

18:58

Espero. Es un día agradable. Esta plaza de Ramón y Cajal, la Plaza, resulta acogedora y bulliciosa, en ella confluyen los avatares de los habitantes, nuestros conciudadanos de entonces, sus descendientes de hoy. Observo esta actividad deleitada en nimiedades. Sus palmeras prestan cobijo limpio a la conversación de aquellos muchachos. Por entre sus ramas se cuelan los hábiles rayos de un sol benigno, dejando pinceladas de luz en los pantalones caídos de uno de los chicos. Bajo el banco contiguo a este animado grupo una pareja de gorriones deambula sin rumbo. Su picoteo parece
arbitrario. 

19:16

Estos tacones me están matando, y a pesar de ello sigo aquí, en la puerta, junto a esta mesita alta, sin silla. Me habías dicho en la Casita de Papel. Y aquí estoy. Padezco una mezcolanza de miedo tibio y anhelo que viene a ser un objeto pesado y voluminoso cimentado en mi estómago. A través del teléfono tu voz transmitía reposo, así fue inspirada esta imagen nueva que me había forjado de ti. Esta misma soltura, madurez y reposo de tu conversación me ha tenido instalada en la ansiedad. 

21:43

HOY

Querida mía. Ella… Perdona. 

07:53

miércoles, 23 de septiembre de 2015

DOS, UNO, TRES…

DOS

A tu mente viene recurrentemente, de manera espontánea, sin que sea preciso que una magdalena se sumerja en una taza de té, sin que un plof y un aroma te transporten al pasado, pero igualmente sin que medie tu voluntad, esa mujer que viste una rebeca del color de la hierba bien fresca. Es tan real como la realidad, su holograma modifica tu hábitat más que esa planta de interior que riegas a diario, quizá te alimenta tanto o más que la última empanadilla de atún que te dejó en una fiambrera de Bob Esponja sobre el umbral la vecina tocando el timbre esta mañana y huyendo después bajo la lluvia, entre los naranjos, calle abajo. Olía a tierra, recuerda. Natividad creo que se llama. La pequeña vecina, digo. Sin duda te ama, de ese modo pueril, tan delicioso y entrañable. No esa otra mujer, de rebeca de color verde, bien verde, es luz, ese color se ilumina. Está ahí. Alarga la mano. Tócala. Touch her. Al sonreír en sus labios una mueca dulce, simpática, progresa; y cuando la curva es casi una risa, se desvanece.

UNO

Sé de qué me hablas. A mi mente viene ella recurrentemente, de la mano de la espontaneidad. Sin que medie mi voluntad. Pero yo no soy Proust, no preciso que una magdalena se sumerja en una taza de té. No necesito que un plof o un aroma me la rescaten del pasado. En mi caso quizá no existió, o sí, no sé. Es una mujer que viste una rebeca del color de la hierba bien fresca. Y es tan real como lo es la propia realidad. Su holograma modifica mi hábitat; ella es más palpable que esa planta de interior que riego a diario. No hay nada onírico en la mujer, es de materia tangible. Su presencia me alimenta tanto o más que la última empanadilla de atún que me dejó Natividad esta mañana, mi pequeña y dulce vecina. La fiambrera había quedado sobre el umbral, la niña había tocando el timbre y huido después, bajo la lluvia, entre los naranjos, calle abajo. Olía a tierra, lo recuerda con nitidez. La pequeña me ama, lo sé, de ese modo pueril, tan delicioso y entrañable. No es el caso de esta otra mujer, la adulta, la de la rebeca verde, bien verde, ese verde que amamos al sur. Ella es distante en la proximidad de mi salón. Es luz, ese color se ilumina. La mujer está ahí. Tengo que alargar la mano. Tocarla. Al sonreír en sus labios se produce una mueca dulce y simpática que progresa; y para cuando la curva es ya casi una risa, la mujer se desvanece.

TRES

De un tiempo a esta parte a su mente viene recurrentemente, de manera espontánea, sin que sea preciso que una magdalena se sumerja en una taza de té, la imagen de una mujer que viste una rebeca de color verde hierba. Es para Bancel tan real como la realidad. El holograma de la imagen modifica su hábitat. Él siente que esa planta de interior que riega a diario tiene menos cuerpo. A este hombre, tan sumido en disputas, le alimenta esta visión, que siente una verdad, tanto o más que la última empanadilla de atún que le trajo la hija de la vecina, Natividad cree recordar que se llama. La niña le dejó esta mañana una fiambrera ilustrada con de dibujos animados sobre el umbral. Tocó el timbre, para luego huir bajo la lluvia, entre los naranjos, calle abajo. Sin duda la pequeña lo ama, de ese modo pueril, tan delicioso y entrañable. No así esta otra mujer holográfica del salón, la de la rebeca verde. Está ahí. Bancel quiere alargar la mano para tocarla. Sabe qué ocurrirá. Al hacerlo la mujer sonreirá y en sus labios una dulce y simpática mueca progresará; y luego, cuando la curva sea ya casi una risa, se desvanecerá.

jueves, 23 de abril de 2015

... guayacán...

Quería con miedo, con reservas, desde la distancia. Recuerdo que la niña a la que yo adoraba tenía un crucifijo chiquito hecho con madera de guayacán que pendía de su estilizado cuello y que yo quería besar. Con ese beso pretendía que entrara en mí la magia de la divinidad, pero sobre todo estar cerca de Gladys. El blanco impoluto de su uniforme, de las monjitas de Pureza de María, hacía de su piel, por contraste, la superficie más hermosa de toda la creación. Toda su silueta inspiraba en mí un deseo. El deseo de ser mejor persona. También el deseo inmediato, inocente y concupiscente de tocar su plumier, u olerlo, oler cada uno de los lápices, oler la regla, tocar el cartabón inútil y hermoso. La idea de olerla a ella, tocar su cabello, se ocultaba en mí, en el fondo más profundo de mi conciencia, yo no me atrevía siquiera a pensar en ello. Imaginaba que objetos tan inmaculados, que toda ella, eran la pureza. Sentía ser yo mismo tosco y sucio. Esa suciedad que el jabón lagarto no arrancaba de uno por mucho que se esforzara. Era una suciedad que estaba dentro de nosotros, los míos, la gente del barrio más humilde. Un barrio orgulloso y esforzado. Pero uno sentía que ese estigma era visible más allá de sus límites.
La abuela colgaba un cubo con regadera en el patio y yo me duchaba a la intemperie, custodiado tan sólo por la empalizada endeble del patio de nuestra modesta vivienda. Ella se empeñaba en frotarme con sus manos enfundadas en manoplas, como lo hizo desde pequeñito, y yo me lamentaba por ello, protestaba, y dejaba hacer. Qué estúpido es avergonzarse de la humildad. Y ya puestos, qué estúpida es la vergüenza, cualquier vergüenza. Así era yo entonces, pequeño y triste, pobre. Sobre todo pobre.
                Pero en mi pobre concepción no cabía la resignación. Después de lavarme a conciencia me apresuraba a cruzar gran parte de la ciudad. La veía bajar del autobús escolar, cada tarde, veía su cabello sedoso, sus ropas impolutas y limpias, veía su crucifijo de madera de guayacán en la sima torpe de sus incipientes pechos, y la piel ensombrecida con gracia infinita por los rayos amables del sol de aquel barrio rico de la ciudad.
                «Gladys» la llamaban las compañeras en la distancia. Yo observaba y oía. Hablaban de meriendas y jugos de frutas, de reuniones y juegos, de las tareas conjuntas en tu recámara o en la mía. Alguna vez me crucé con ella sin que ella se cruzara conmigo. Yo no existía, era tan gris como el piso. El asfalto y yo, el mobiliario urbano, éramos la misma unidad informe, la ciudad, su camino a casa. Yo fui para Gladys lo cotidiano que no vemos aunque miremos.
                El tiempo pasó y después el otoño empezó a durar años. Y lo bello, y lo triste, todo pasó. Y mi vida convulsa y los acontecimientos. Todo pasó. Y pasó aquella niña linda que bajaba del autobús escolar con el crucifijo diminuto. Y en mí quedó una idea vaga. No sé por qué lo recuerdo ahora si jamás lo había mencionado. Ni siquiera a mi hija Gladys. 

miércoles, 1 de abril de 2015

Nazaret - Capítulo CERO

— ¿Tiene usted miedo?
— Hermosa.
— ¿Cómo dice?
— Eh… Perdón… No, no tengo ningún miedo, ¿y usted?
— Desde luego que no a volar. En todo caso, a veces, puedo llegar a sentir miedo de mí misma, de mis pensamientos—. La mujer sonrió de un modo particular, como quitando trascendencia a lo aventurado de sus palabras, y movió con gracia infinita su cabello oscuro y algo ondulado. En ese instante a mi mente vinieron dos imágenes que se confundieron en una idea sola. Por un lado Rita Hayworth en Gilda lanzando sus cabellos hacia atrás e irrumpiendo luminosa en la pantalla; por otro los hermosos rasgos de Encarna, la joven por la que había sentido una atracción pueril que me reducía a aquella torpe estupidez paralizante. Esta mujer también tenía un lunar próximo a los labios y unas pestañas pronunciadas por encima de unos ojos verdes, muy hermosos, aunque era mayor que aquella, y ese excedente de experiencia pesaba sobre sus hombros y fluctuaba en su mirada. Era muy atractiva y aún más porque no parecía consciente de ello. Yo la había estado observando con interés antes. Ella, ajena a mis elucubraciones, proseguía: — Lo realmente terrorífico es el aburrimiento, ¿no cree? Disculpe la osadía, resulta tan tedioso esto de viajar sola. Usted habrá notado que era tan solo un pretexto para conversar. Es claro que no teme a volar, resulta evidente—. Por aquellos días, al parecer, los aviones caían del cielo con relativa facilidad. Los noticieros estaban repletos de noticias superfluas, excesivas y nimias relativas a una catástrofe aérea reciente. Así que la pregunta no era tan descabellada. La mujer híbrida, mitad Rita, mitad Encarna, me hablaba desde el conjunto de asientos del otro lado del pasillo. En ese instante la ceñida e impoluta falda azul de la azafata se cruzó entre  nuestras miradas. Para cuando la azafata hubo cruzado la pasajera había ocupado mágicamente el asiento más próximo, el del pasillo. El mismo que ocupaba yo del otro lado. De este modo sus pestañas, tipo Encarna, estaban tan próximas a mí que podía distinguir cada pelo y como cada uno de ellos trazaba su armoniosa curva.   
— Pues no, la verdad, la muerte no me desvela por las noches— sonreí a mi vez. Por real que aquella afirmación pudiera ser para mí, ante aquella desconocida pretendía ser también un comentario jocoso, parejo al suyo, sobre el que insistí: — Al fin y al cabo ¿qué miedo se puede tener a morir? A veces pienso que debe ser una bendición. Leonardo Da Vinci decía que “una vida bien usada causa una dulce muerte”, por lo que…
— “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Lucas, veintitrés, cuarenta y tres—. Me interrumpió ella con solemnidad litúrgica y sin solución de continuidad se echó a reír sonoramente. Me di cuenta entonces que debía tener cuidado, mucho cuidado, ya que me podía enamorar de sus dientes blancos y de su encantadora sonrisa. Al instante se justificó:
— No me haga responsable a mí, ¿eh?, es usted el que ha empezado con las citas…—. Y de nuevo su encantador y sonoro carcajeo se dejó oír en el habitáculo de aquel Boeing 737-800.
— Por favor dejemos el usted— propuse—, mi nombre es Plácido.
— Por supuesto. El mío: Nazaret.
— Muy bíblico, como su cita. Reconozco que me está bien empleado. ¿Es usted creyente? En ese caso estará de acuerdo con mi reflexión anterior. No se debe tener miedo a morir, acaso ¿no es una bendición? Abolido hoy el infierno por su papá Francisco ¿qué miedo debe causarnos la muerte?
— Mi papa Francisco… —. Una sombra repentina y gris cruzó su faz. Su rostro se ensombreció. Fue acaso un segundo más largo que el segundo anterior. Al instante su sonrisa blanca resurgió en el óvalo armónico de su rostro. Para entonces yo había intentado eludir la alusión sin saber bien por qué debía hacerlo:
— Nuestro papa, el papa de todos los cristianos… Francisco es incluso el papa de Podemos. Confieso que yo no lo soy… en fin. No soy religioso. Y ¿usted?
                En el trayecto de Faro a Eindhoven, en el aire, allí donde radican los dioses, conocí a Nazaret, junto al suave sonido de unos motores, entre nubes lasas, blancas y grises, frente a un espacio puro y azul, entre idas y venidas de las personas que asistían el vuelo y que nos traían botellitas minúsculas de licor. Yo veía estos recipientes de juguete apoyarse en los labios de aquella extraordinaria e intrépida mujer y adivinaba como el líquido abrasador y amable recorría su cuello bronceado, lindo, espigado, delicioso. Hablamos. Bebimos. Era emocionante seguir sus confesiones, sus historias, el relato de todo su universo amplio.
                Y, como ocurre sólo a veces, nos hicimos amigos; al menos allí pusimos los cimientos de lo que vino después.
                Cada vez que viajo a Ochtrup, no pocas veces, casi siempre desde Faro, pasando por Eindhoven, no puedo dejar de pensar en esta extraordinaria mujer que tanto ha significado en este último tramo mi vida. Tengo la falsa convicción de haber estado con ella siempre, desde su pequeñez, conozco su historia, quizá no la que vivió, pero sí la que quedó impresa en su memoria, ¿qué puede haber más vívido que un recuerdo? Con frecuencia voy solo, y en silencio, y en mi mente suenan esas canciones de Janis Joplin tan idisolublemente unidas a Nazaret.  

viernes, 26 de diciembre de 2014

Nazaret 6

Porque después nos vimos muchas veces más, esporádicamente, hasta que dejamos de vernos en años. Eso nos modificó a ambos; no sé qué persona sería yo sin haber compartido aquellos encuentros con Nazaret. A veces pasaban semanas, o un mes, pero volvíamos a encontrarnos. Ella venía con cierta frecuencia a Villasperanza del Valle. Por entonces trabajaba en una pizzería de la capital y se escapaba con ese propósito hasta allí. Nos encontrábamos directamente en la habitación del hotel. Recuerdo que en la ducha siempre cantaba canciones de Janis Joplin y después, una y otra vez, me contaba la misma historia sobre su encuentro en los estados unidos. A mí no me cuadraban las fechas, ¡pero su relato era tan veraz!    

martes, 23 de diciembre de 2014

Nazarete (5)

Su pubis, ese vello oscuro en mitad de la piel blanca, escoltado por las estilizadas piernas que adoro, era tan hermoso, la letra perfecta con la que empezar una vida, o al menos aquel viernes. Me molesté en apoyar sobre el suelo el pie derecho a pesar de contar con escasa conciencia ya que toda mi energía cognitiva estaba depositada en la tarea de mirarlo. Era una dulce ráfaga de oscuridad en mitad de un albor reposado, un animal entrañable en mitad de la taiga nevada que clamaba de nuevo mis caricias, mis besos más delicados. El pelaje de esa criatura suave albergaba su olor, yo lo sabía hacía sólo un instante, y ahora mi olfato y mi memoria pugnaban por hacerlo relevante. De mis labios salieron las palabras acompañadas de un impulso de viento. La ráfaga iba dirigida a la parte pero me sobrecogió descubrir que el destinatario era el todo:
            — Te quiero.
            — ¿Ein? 
            — Creo que también me gustas por dentro…
            — ¡Dios! ¿Has vuelto a fisgonear mis radiografías?
Aquella mañana reímos de lo lindo. Carcajeamos sin medida Nazaret, su coño y yo. Pero de los tres, sin revelarlo en ningún momento, yo empecé por mi cuenta y riesgo a amar.
            Así nos fue a todos después. 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Notas Nazaret (4)

                ... hace frío. Cada vivienda dispone de un recoleto jardín en la parte posterior del edificio. Allí cae el sol cuando el sol cae. Nadie, si acaso remotamente, visita el lugar. Sí lo hace la mala hierba y los arbustos que la humedad y el paso del tiempo alimentan. Allí permanecen vivas las plantas que la mamá de Nazaret cultivó con esmero. Se trata de un minúsculo rectángulo de vivos colores, de colores vivos, recortado en mitad de la desidia. Una verja de rombos metálicos separa este diminuto paraíso de la inacción. Surge altivo, en su pequeñez, ante la frondosidad natural que devora la presencia humana indolente o su simple ausencia,  acotado por el asfalto limpio que lo antecede y las parcelas abandonadas por los vecinos. Resulta evidente que estos jamás miran hacia allí desde sus casas confortables. A la entrada, asido a la verja, un escueto cartel anuncia, en español: Ático B. Una bicicleta se apoya en la malla metálica y la esquivo para tomar la entrada que se ofrece franca. Adivino, en cada planta, la mano de un esmerado jardinero. Habré de asumir este coste como exige la nota de Nazaret que encontré en el apartamento. Nada sé de cultivar y cuidar plantas, toda mi pericia con ellas descansa en mi deleite, en su observación… ellas me dicen cosas y el azufre que recorre mis venas se disipa. Sé que pasaré horas contemplando estos escuetos parterres. Esta flora constreñida en el breve espacio de mi jardín será mi compañera todo este tiempo. Cuando mi obra haya tomado cuerpo independiente por sí, se separe de mí, y vea la luz, las ramas, pétalos y luces de este carmen se habrán mezclado con las páginas escritas. En cada línea, en cada palabra, habrán echado sus raíces. Así nos mezclaremos indisolubles este rincón de frondosidad extraordinaria, el tiempo y yo. Serán sólo unas cuartillas que surgirán de este destierro al que sonrío. Entre tanto las estaciones se habrán sucedido en Ochtrup…  

lunes, 15 de septiembre de 2014

... notas para Nazaret... (3)

Aún el azahar floraba las ramas de los naranjos a lo largo de la avenida. Aunque a esta altura de la estación eran ya escasas las lluvias algunos charcos se habían formado en las ondulaciones de la calzada fruto de un chaparrón extraviado. El aroma de la blanca flor inundaba el recorrido limpio y franco y Nazaret andaba con paso firme bajo el chubasquero translucido que le daba un porte cosmopolita. Estaba resuelta a representar el teatrillo de ser una chica feliz y moderna. A base de repetirse que lo era acabaría por serlo. Aunque reconocía esa canción no entendía el texto que escuchaba. El azar había querido que desde una radio en el interior sonara  Nothing'sgonna stop me now de Samantha Fox. Al pasar por delante de aquel café, que parecía despertar en mitad de la tarde sevillana con todos sus veladores ociosos en la puerta, esa música llegó a sus oídos, era la constatación visionaria pero ignota de su resolución, para ella eran sólo simples sonidos armoniosos. En la puerta el hombre que regentaba el local vacío  improvisó un silbido apagado. Sus labios dispuestos en círculo manifestaron en silencio la belleza de la muchacha.
                Nazaret sí reconocería en un instante el tema y el significado de I need a man to love de su admirada Janis Joplin. La había oído quizá mil veces. Precisaría tan sólo de un acorde para intuirla, para llevarla de la mano por su mente. En ese caso sus reflexiones serían injustamente amenizadas por ese tema. Aquella canción le encantaba, sí, pero su significado sin embargo se tambaleaba hoy. Estaba en cuestión esa verdad hasta ayer inmutable que gritara su ídolo  en el Hollywood Palace allá por febrero del 68 de la mano de Big Brother and the Holding Company. ¿Necesitaba Nazaret un hombre para amar? ¿Qué había ocurrido para que las certezas fueran penumbras? Sólo hacían unas pocas horas que sus labios habían estado enredados entre los labios y las piernas de una persona maravillosa. Y esa persona era cualquier cosa excepto un hombre.  

martes, 9 de septiembre de 2014

Notas para Nazaret (2)

… ahora sé que aquella dulce niña que rasgaba y se ocultaba tras la enorme guitarra que reposaba en su regazo era Nazaret. Aquello era el pueblo de Dios y sus festivas eucaristías al aire libre. Una mezcla de jóvenes y adultos en mitad de cualquier terreno estéril movidos por hilos perdidos en el infinito de la bóveda celeste pasando por ser los chicos de Siete Novias para Siete Hermanos, o los hippies de la Era de Acuarios o un centenar de miembros del cuerpo de Marines de los Estados Unidos, o todo ello a la vez y amalgamado. Allí las raciones cuartelarías en escudillas de metal mostraban con solvencia la otra idea nacida de la misma raíz que el comunismo, ésta benigna, que llamaban la comunidad. Todo era olor a madera y campo abierto, exigua vegetación entre eucaliptos y reposo y meditación. Pero también interacción entre las distintas ovejas del mismo rebaño. En una concepción entonces moderna del catolicismo a base de hojas de palma y frases evangélicas escritas con pinceles en cantos rodados, y piedras mayores grandes como tótems, la música tenía su espacio, era trascendente y fundamental. Ella hacía música y merced a ello se elevaba como patricia en un mar de plebeyos. Mi idea no era otra que ligar, claro. En mi vida he visto a nadie más hipócrita que ese yo de entonces. Cuando la hostia estaba en mi paladar y había cerrado los ojos, incluso apretando, me esforzaba por sentir cómo lo divino me poseía. Nada de eso notaba. No sentía que me inundara ninguna luz divina; y preso de la culpa y la frustración fingía. Y fingía tanto que llevaba mi representación al límite. Algo así como aquí está el Nirvana y viene para quedarse. Lo que más anhelaba a lo largo del ritual de la eucaristía era cuando finalmente el cura, que generalmente cruzaba la estola sobre una camisa a cuadros que acompañaba a sus vaqueros gastados, decía aquello de «daos fraternalmente la paz», o sea: carta blanca para el besuqueo. A por la guitarrista de la cinta cruzada en la frente iba yo que me las pelaba. Y tantos otros. Por el camino hubiera sido capaz de negar la paz al mismísimo Mahatma, si hubiera sido preciso, de estrangular con el cordón de algodón del que pendía mi cruz de madera a cualquier rival que se me cruzara en el camino. El caso era que, en el tiempo prudente que se concedía para ello, mayor que en la Iglesia del pueblo por lo que tenía cronometrado, yo pudiera recrearme tanto como me fuera posible en dar la paz a esa muchacha sin nombre, la diosa del cristianismo activo. Llegado felizmente a ello, a la vez que asía su mano para estrecharla, con la otra tocaba su cintura y mis labios se recreaban en los dos besos que ponía en sus mejillas. Qué dulce. Esa piel. Esos mofletes rosados y deliciosos que soplaban canciones con el apacible timbre de una voz casi indolente. En su rostro se representaba la desidia propia de la fama cuando se topa con la gentuza. Levitaba poseída por la luz que a mí me era esquiva. Ella pertenecía al grupo cristiano de moda, la élite de los campamentos y convivencias de la provincia: Brotes de Jaramago. ¿Qué otro fin perseguían aquellas convivencias? Nadie puede decir, a pesar de todo, que no aprendiera yo a amar a la prójima…

jueves, 28 de agosto de 2014

... mi vecina...

               En unos años ha modificado su aspecto, ahora es delgada. Quizá deba decir delgadita, ya que a su edad su enjuta figura resulta entrañable. Es cierto que La ropa que cubre su cuasiesqueleto es viva y abigarrada, que los colores son usados sin concierto ni modo. Pero no lo es menos que su sonrisa, archipresente en el óvalo luminoso de su rostro, da orden al caos. Toda esa fiesta pueril de lo cromático, de collares, sombreritos y pulseras, queda relegada a simple comparsa  en una figura donde sobresalta, hasta sojuzgar la mirada, la deliciosa curva perenne de sus labios amplios. Ellos son el recuerdo de su hermosura juvenil y el presente de ese concepto cuando lo denominamos belleza y lo hacemos imperecedero. En ella lo estridente es equilibrio como resultado de una simpatía evidente. Sus ademanes son graciosos y amables. Sonríe. Sonríe siempre.  
                Pero yo recuerdo a esta mujer siendo yo un niño, el gris de su atuendo y la sobriedad de sus movimientos. Recuerdo sobre todo las bolsas bajos sus ojos lejanos y la línea vacía de sus labios. En mi memoria aún se sucede ese pesado transitar la calle, ese arrastrar de bolsas, ese duro gobierno de un mar de carritos, niños y maridos.
                Hoy lleva en su brazo un reloj de Loewe blanco cuya pulsera podría atrapar su cuello sin dificultad que rueda por su muñeca arbitrariamente y sin descanso. Está en el portal de su vieja casa y sus movimientos son propios de ritmos del pasado pero es justo decir que baila. En este instante se ayuda de la otra mano enjuta, todo piel y huesos, para inmovilizar el reloj y poder ojearlo.
                Es evidente que espera a su amado.    

martes, 26 de agosto de 2014

... un tierno suspiro...

            Arrancó en mí un tierno suspiro de renuncia. La insignificante historio que os contaré, sin llegar a ser fábula —todo animal en ella fue humano—, depositó en mi ánimo una moraleja sin horizonte. Resultó un espaldarazo a la consecución anhelante de un todo. Asumir su enseñanza fue la antesala del conformismo más espantoso. Tampoco es una aventura real, ya que la realidad se expande por el universo sensible, es de palpar, mientras que esto ocurría en mi pensamiento. No dudo que en los demás produzca razonable indiferencia pero reconstruirla con palabras aquí lo exige mi noqueada identidad. Mientras que ustedes pueden mirar hacia otro lado sin mucho esfuerzo yo debo revivir y afianzar la triste lección que radica en su interior; al fin y al cabo éste es mi diario.
            Pasto de mi febril obsesión por ella imaginé que el mal más abyecto anidaba en la intención del hombre que era amado por quien yo creí amar. Fantaseé hasta darle crédito a su condición de asesino. Quería mi pericia que yo la rescatara a ella del golpe fatal último. Pero ¡ah, pobre y vulgar ser! ¿Quería yo salvar su cuerpo blanco y delicado, su cabello apreciado y sus dulces facciones de la muerte sin más? Ese acto sublime, puro y gratuito, distaba mucho de mi condición menor. Mi baja categoría quería ser héroe a sus ojos. Ganar sus favores, conquistar su corazón por la fuerza de mi espada, el reconocimiento de mi logro sería el fin que perseguiría mi acción.
            Soñaba con que su amor y favores serían la justa retribución de mi hazaña y que ella viviría para siempre junto a mí en una aldea diminuta del Peloponeso bañada por un mar tranquilo, alumbrada y reconfortada por un sol amable. 
            Ya la sangre azul, oscura y viscosa goteaba desde la cabeza cercenada. Mi mano asía con fuerza y rabia su pelo hirsuto. Ese ser tan deleznable que había pergeñado mi excitada imaginación moría a manos de esa misma industria. La más prolífica fuente de ilusiones recreaba las imágenes con la soltura de un creador compulsivo. Mi intelecto, factoría de aventuras y quimeras, daba paso sin solución de continuidad a la visión de los pies desnudos de ella transitando un manto de flores silvestres e inmaculadas. 
            Pero mi imaginación no supo engañarme. En el altar donde debía consumarse nuestra unión la miré a los ojos. Sonreía, sí; pero estaban tristes sus labios. El abismo que se expandía desde la superficie de su mirada tierna me produjo un vértigo insalvable. Agité mi cabeza con la intención pueril de que se desvaneciera mi pensamiento, para borrarlo todo.
            Así que ese hombre jamás murió. Sólo pereció entonces a causa de mi mente desdichada mi antigua capacidad de emocionarme dejando como tributo de ese holocausto un tierno suspiro de renuncia.   

lunes, 25 de agosto de 2014

... la dulce Clito... Segunda Jornada...

… segunda jornada. Todo es agua, todo es azul, el cielo se confunde con la inmensidad que me rodea en un todo anodino en el que el horizonte se ha diluido. Necesitaría rodearme de vida, de seres humanos, añoro sus palabras y movimientos. Las aves quedaron en la proximidad de las costas. Estamos yo y mi mente.
                He salido de una playa próxima al puerto de Palos, dejando a mi espalda las columnas de Heracles, que señalan el final del conocimiento y el punto de partida de mi nueva génesis. El mundo tal cual lo conozco quedó tras de mí hace horas. Así que he permanecido ojo avizor agotando la mirada con tanto escrutinio y albergando el delirio de toparme con la ignota Atlántida. Este deseo caprichoso es por poner en firme, ante la propia mirada, la que dicen sublime hermosura de la hija de Evenor.
                Tengo por cierto  que la contemplación de la belleza me predispondría a la fuerza, el ímpetu y las aventuras que preciso.
                Busqué la Nao durante días en los que tuve acceso a voces, fanfarronadas y chanzas marineras derramadas por roncas gargantas en las cantinas portuarias. Entre tragos de vino y envites de naipes, contaban que las formas de la huérfana muchacha, esposa del agitador de la Tierra, ensombrecen con su esplendor incluso a la dulce Helena, aquella que fue robada por Paris para enojo de toda la Hélade.
                En la soledad de esta nave y este mar tranquilo estamos yo y mi excitación, y me pregunto por el sabor salado del clítoris de Clito, y por la divina lengua del dios de los mares el día que se engendró al primer atlante. Y lo hago en silencio con la esperanza de no ofender al dios y no desatar con ello su ira, pues no deseo ser un nuevo Odiseo, sólo deseo ser un nuevo hombre. Pero no me deshago de mis impulsos primeros y me pregunto si serán compensados los coitos entre dioses y humanos.
                Y en estas erectas reflexiones estoy cuando diviso ante mí, acercándose a mi proa, una concentración nebulosa que parece estar dotada de vida propia. Se dirige hacia mi embarcación con premura al tiempo que se expande en otras direcciones. Pudiera ser un humo blanco, o bien una nube caprichosa.

                Es ya inevitable ser engullido por este descomunal vaho de densa blancura, y emplazo mi narración a un futurible momento en el que pudiera recobrar la visión…          

martes, 5 de agosto de 2014

... a remar... Primera Jornada...

Antes de partir, cercano ya el ocaso, he querido botar la embarcación y señalar el acto con la rotura de una botella sobre su pulcra madera. Las burbujas sobre el casco que brillaba han resultado chispeantes. Después he señalado mi firme decisión con un tributo de fuego. 
Hoy han volado pues las cenizas de eso sin nombre ya, como alegorías aladas, diminutas y livianas de un vínculo que fue. He incinerado primero la realidad impostada que daba sustento forzado a una quimera. También he inhumado cada emoción del pasado; quería que desaparecieran presa de la combustión, pero fue sin éxito, pues este fuego, tristemente avivado por mi reticencia, no prende en lo insustancial. La unión devenida en vacío se ha deshecho en el aire con premura, pasto de los escasos o falsos mimbres que la sustentaban ya. Y ha quedado en el ambiente, y cercano a mi olfato, un efluvio suavemente amargo, una presencia con matices de dolor antiguo que se desvanecía. Así pues, como una psicomagia que bien pudiera haber propuesto mi amigo Jodorowsky, el trozo de papel que albergó un nombre manuscrito se ha desvanecido. Y yo noto un pinchazo añejo y flojo en el corazón y confío que un viento cariñoso de este extraño verano se lleve junto a las cenizas la punzada, y deje en mí el orificio inocuo, como recuerdo amable de lo que fue amar.
Sea pues ese amor mi tatuaje marinero sobre la piel en presencia de la sal que tiene desde siempre la propiedad de conservar. Conviva, no ya como recuerdo sino como esencia que me rehízo, como experiencia que me gestó, coexista en mi dermis y mi naturaleza, habite en mí siendo yo; y boguemos, con brío y decisión. Veo en este instante los remos hundirse en las olas doradas. Ahora el ocaso escenifica que los humos grises se dirijan hacia otro mar y deje francas las aguas que avisto limpias desde la popa.
Es necesario,  y no un capricho, que el sol se hunda en el océano. El naranja se apaga ya en la distancia, en la inmersión óptica sonrío, mientras entre las jarcias el graznido de los albatros ulula junto al viento y el crepitar de las junturas de madera. Esta embarcación que llaman la Nao, como una broma que consideré estúpida ayer, me invita hoy a partir hacia mis descubrimientos. Las bodegas de esta escuálida nave albergan las cuatro cosas que puedo precisar: una pipa de lobo de mar, y tres metáforas más.   
                Me rodea una inmensidad de agua que me hace pequeño, tanto o más de lo que me hizo querer sin fisuras. Pero me intuyo gigante, mis manos espléndidas y fuertes asen con decisión el timón. Me sé responsable de mi deriva. Soy la causa y soy el efecto. Este océano que aparece tan azul en los mapas y que en mis recuerdos alberga toda suerte de criaturas fantásticas me acompañará. Escoltará mi desvío, y antes de avistar las costas de Panamá yo habré de ser ese marinero que ansío y exploraré esa tierra explorada.

                De toda esta travesía y aventura tendrán cumplida cuenta.  

martes, 22 de julio de 2014

Underwood número 5

Había comprado una Underwood número 5 de 1926 en un rastrillo callejero e infecto; llevaba dentro bastantes cervezas por lo que no recuerdo muy bien dónde. Una mañana, estando ocioso como acostumbro, la vi sucia y desvencijada en el sillón trasero del coche, entre latas y litronas. Me puse mis gafas de sol más retro y atrapé el volante entre mis manos con la intención de llevar la máquina a limpiar, engrasar y poner a punto. Debía de haber alguien que se dedicara a eso. Siempre hay un tipo que se gana la vida haciendo lo que seas capaz de imaginar. Era una idea latente que finalmente había aflorado con brío: sería escritor. Aunque aún no sabía qué habría de escribir ya tenía el objeto adecuado para ello: aquella delicia de máquina, una reliquia con clase, sí señor. Me parecía estupendo escribir, fuera lo que fuera, imaginaba que eso era lo de menos. Y para ello utilizaría aquel magnífico objeto. Había decidido también que lo haría con papel carbón intercalado entre los distintos pliegos de papel para obtener varias copias, como aquel autor norteamericano al que le fue publicada su obra póstumamente por empeño de su madre, y cuyo nombre no recuerdo ahora. Las cosas que mezclo con la cerveza están acabando con mi memoria. Eso sí, soy un pez delicioso. Una amiga me sugirió que si quería estar divino —lo que ella entiende por ultradelgado— a la hora de cenar tomara uno o dos orfidales, algo de coca y cerveza en abundancia. No me ocupó mucho esfuerzo poner en práctica la milagrosa dieta; los resultados son incuestionables, soy un hermoso huso vestido siempre como si se casara su hermana pequeña. Además la cerveza es diurética, dicen. Aunque esto último me trae sin cuidado y no sé si es cierto me reconcilia con quienes tachan mi dieta de lo que sea, nunca bueno por cierto. Confieso que me gusta alarmarlos. Aunque yo no opino de la dieta de los demás, y en general de los demás, la gente se toma la molestia innecesaria e improductiva de verter sus ocurrencias respecto de mi conducta y estado general. Lo cierto es que se me olvidan las cosas más peregrinas; pero así tiene que ser, claro, la delgadez es una prioridad. Aunque no sé qué clase de escritor resultaré sin memoria, sí sé que al menos quedaré muy vistoso en las distintas recogidas de premios, por lo que la gente querrá posar a mi lado. Lo cierto es que varios días después la espléndida Underwood relucía en mi mesa. Y a su lado invitaban a la creación literaria un paquete de 500 cuartillas de papel estupendo, café y cervezas para tumbar a un elefante y varios gramos. Eso sí sólo dos horas después ya había decidido que era una estupidez inmensa y que si iba a ser escritor mejor sería que me dejara de nostalgias absurdas y poses bohemias e ir a comprar el mejor ordenador portátil, por supuesto Apple, con su procesador de texto y su flamante impresora… Ignatius, la hoguera de las vanidades, John Kennedy Toole: me han llegado a la memoria de un modo espontáneo. La memoria siempre es un hilo del que tirar, gracias Ignatius, no sólo eres un espléndido personaje, también un estupendo hilo, quizá no esté todo perdido aquí dentro. Brindo por mis sinapsis neuronales, ahí están, trabajando en las condiciones etílicas y estupefacientes más adversas. Chin chin. El autor norteamericano era Toole. Sí, Toole, pero yo al poner los distintos folios enrollados en el rodillo de la máquina, con el papel carbón intercalado—y lo de buscar papel carbón fue una Odisea que a Ulises hubiera desalentado desde el principio—, he sufrido lo indecible, qué coñazo. Finalmente tenía el folio en blanco ante mí y al escribir las primeras frases siempre quería cambiar algo, modificar, eliminar. Casi he destrozado la letra x de la puta Underwood tachando lo escrito, nada me gustaba. Las palabras escritas con esa tipografía me irritaban y el sonido repetitivo de la x cayendo sobre cada letra, apagando cada fonema absurdo de mis ideas vanas, me ha perforado el sistema nervioso más allá del orfidal y la coca; más cerveza, otra raya, al final había más papel desechado que latas de cerveza. La única página que durante unos minutos me pareció salvable estaba empapada en bebida. Todo esto me ha dejado sin moral. Aquí estoy nada honorable y sin drogas que puedan paliar este desengaño. Quizá ha llegado el momento de desistir, quizá sea menos trivial de lo que pensaba saber el qué se quiere contar. Si es la historia de uno mismo qué más da. Desisto. Ahora que no voy a ser escritor pondré un anuncio en eBay. ¡Qué diablos venderé la mierda de Underwood yo mismo! Quizá el chino de la esquina se avenga a cambiarla por un número razonable de latas de cerveza.

jueves, 13 de marzo de 2014

... gris...

... la materia de que está hecha la felicidad es liviana, sin embargo es más sólida y fiable la  masa con que se elabora la costumbre, no es de extrañar, por tanto, que se muestre abundante y sereno en la naturaleza el color gris, tan sobrio y elegante, sin estridencias ni fiestas, sabed que es un color que abriga sí, pero sólo lo justo para no perecer de frío, sabed también que, por tanto, es una refinada y cómoda presencia que combina con todo, pero incapaz de amar… 

martes, 3 de diciembre de 2013

... tarde de invierno...

Están ahí el frío, el sol y el azul del cielo limpio, más allá del cristal; están también en la palma de mi mano, que tengo plantada en el vidrio. Ese contacto me comunica con el exterior, donde observo coches deambulando y les supongo bandazos sin rumbo. Una mujer que, como si de Londrés se tratara, ha pasado ricamente embutida en ropa de abrigo, y con el cabello parcialmente atrapado bajo el vuelo de su bufanda delicada y de colores pastel, me ha recordado, por su paso firme, a esa señorita Jones de pómulos rosados y sonriente resuelta a cambiar su universo emocional, pero que luego en casa lamentará su camino yermo y empinará el codo cantando canciones que hablen de soledad. Cómo la conozco sin saberla cierta. Ocioso me enredo con la tarde repleta de horas vacías, le sonrío a la idea de cubrirlas con deleite y con el uso arbitrario del pensamiento, en libertad, sin filtros. Ahí abajo, los naranjos juegan con el viento a resistir su envite, su verdor y sus frutos me transportan a los cientos de veces que las manos me han olido a ellos, la frondosidad de sus copas me recuerdan a Janis Joplin y, en general, al pelo desaliñado con la gracia de un consumidor de cannabis. Siento en la habitación contigua una humana presencia, viva e inquieta, aún cuando es una vivienda ajena adivino los muebles y la oigo respirar o intuyo una respiración a través de la fina pared que nos separa, se trata de la vecina, la niña rubia, evoco su rostro: un óvalo exento de aristas, con sus gafas y sus ojos vivos aprendices de sabios; y suenan los primeros acordes, suena esa melodía desde su violín. Tan virtuosa, tan niña, tan dulce, tan sabia parece. Varias veces me he cruzado con ellas en las escaleras. Son llamativas las manos de ambas, de dedos estilizados y casi translúcidos. Su madre es menos niña, menos rubia, menos dulce y quizá mucho más sabia. Manos reales, verdaderas, apetece asirlas, y manos reales, nobles, estilizadas, mayestáticas, tan lejanas. Parece una mujer resuelta, cuando las vi por primera vez les inventé sus vidas con un súbito chasquido de dedos. Supe, según mi intuición, que era una mujer dispuesta a reinventarse tras un cataclismo emocional. Y a fuerza de inventarlas en cada cruce, en cada sonrisa, en cada mirada, ellas me confirman su pasado, sus identidades. Quizá han hecho un esfuerzo por adaptarse a una vida más sobria, con dignidad. Eso me lo afirman sus ropas, esos tejidos, la sutilidad y majestad de su tacto, el tacto que ha probado con arrobo mi mirada, quizá se ha recreado a hurtadillas en esa transgresión inocente. La humildad en ellas es un regalo caprichoso para la mirada del mundo que no les infringe la más mínima mella. Una niña que arranca a ese objeto extraño la música que se filtra hasta mí, que me acuna en esta tarde soleada y fría, es arrogante. Una madre que surgió de la bruma gris del pasado y del silencio, de esa nada de lo ignoto, para habitar un modesto inmueble de protección oficial con su pequeña violinista, su porte y modales, es en mí la viva imagen de esa extraña virtud que se aleja de lo tosco con gracia infinita. Habré de inventarlas unos nombres. Mientras tanto no ceses de tocar esa melodía dulce y lúcida pequeña.     

lunes, 28 de octubre de 2013

... tamaño...

                … las briznas buscan la luz y buscan el ser. Es la joven lozanía la que se abre paso entre los intersticios. Por entre las junturas de las cuadrículas grises que conforman los márgenes de la calzada la hierba brota como un grito de verdor húmedo y dolorido. Es un ciclo. Durante el resto de estaciones ese impulso vital permanecer latente, tomando el impulso preciso que lo hace eclosionar hoy. Toda una flora nace en su extensión y con un peso propio. Pronto la señora que regenta la cantina pondrá sus rodillas rosadas sobre el piso y arrancará sin miramiento esta vegetación minúscula y débil. No pensará siquiera en aquello de que la belleza debe ser práctica, nada útil hay en estos arbitrarios brotes, sencillamente ejecutará esa tarea sin que la ampare una decisión consciente, con sus manos limpiará la mala hierba y pasará a otra tarea sin zarandajas. Romperá con toda una vida múltiple, con toda una fauna y flora inútiles. El espacio de la acera que se corresponde con la entrada de su establecimiento habrá de quedar inmaculado; e igualmente más allá, donde los chicos ponen los veladores al amparo de la sombra que procuran a los clientes las sombrillas con la publicidad de refrescos. Antes de que esto ocurra quedará quizá el recuerdo de una civilización pequeña, liliputiense más bien. Una flor de manzanilla, que aquí llaman borreguito de pan, ha nacido junto al zócalo de la fachada, en mitad del núcleo de uno de estos brotes, cerca del umbral. Sus hojas blancas y su centro cuajado de estambres amarillísimos están perlados por la humedad de la mañana. Su destino es la decapitación sin dolor ni rencores. Pero todo esto es un universo efímero que tiene su propio ritmo, en su dimensión la vida se da con la misma razón que en el mundo de los seres grandes. Un ejército de hormigas traza una línea discontinua y perceptible cargado con despojos insignificantes: media cáscara de pipa de girasol, una parte ínfima de la magdalena que no supo ingerir un parroquiano y fue a parar al suelo, un insecto minúsculo, migas de alimentos dispares y varias estructuras orgánicas incompletas, todo ello es porteado por esta organización incansable. Una historia, un mundo con su tiempo y su dimensión que quedará extinto e insignificante, tal como sugieren mis días, tal como esta efímera existencia humana en su pesada y gigantesca dimensión…   

viernes, 11 de octubre de 2013

... la inocencia del macedonio...

                Las agujas de los pinos este año estaban especialmente crujientes. Esa sensación de fractura sutil múltiple  siempre había agradado especialmente al muchacho, pisarlas y sentir como se quebraban bajo sus pies era una delicia. En su descabellada peripecia mental se dejaba seducir por la impresión de caminar por una superficie ornamentada con el propósito de festejar el paso mayestático de una divinidad. La augusta luz del sol se filtraba entre los pinos trazando verdaderos rayos y se percibía, alentado por el calor tardío de un otoño más benigno, el aroma intenso de las coníferas y el follaje del bosque. Podía ser el divino caudillo macedonio llamado Alejandro con sólo acercar su mano al suelo y recoger una de las espadas que el capricho de la naturaleza había forjado en el recuerdo de lo que fue una rama. Pero ahora no era el tiempo de los juegos. Él mismo se sentía crecer y experimentaba un nuevo impulso que lo apartaba de la inocencia. Por lo que tenía entendido lo que le sucedía, que él no sabía ubicar muy bien en su cuerpo, acontecía en el corazón. Quien días antes hubiera conducido un ejército invasor macedonio hacía una victoria segura, con aplomo y fuerza, mostrando orgulloso sus estandartes, ahora procuraba el máximo sigilo a sus pies y notaba como estruendos cada pisada sobre las agujas que se fracturaban con estrépito. Se aproximó a donde el azar lo había llevado unos días atrás, a donde desde ese momento no ha faltado cada tarde. Procura el hurto de su presencia la alta vegetación que ha brotado en un recodo de la alambrada. A cobijo de unos árboles y de la mirada ajena se aferra a los triángulos metálicos con cada dedo. Sus ojos se acomodan para saquear la imagen confiada del interior, tras la alambrada los movimientos distraídos y confiados alrededor de la piscina se suceden a un ritmo natural. Los párpados se expanden hasta el perímetro más amplio de su capacidad, han salido ella, la niña de piel dorada, y su cabello tan rubio, casi blanco. La mirada se deleita con sus movimientos diestros y el brote festivo del agua desalojada por la inmersión delicada de su cuerpo de piel bronceada. El sonido del chapuzón amortiguado por la perfección de la zambullida se une al piar arbitrario de los pájaros que pululan por las copas de los árboles. Después, tras el instante interminable de su ausencia, el pelo mojado se pega a la perfección ósea confundiéndose con la cabeza y la esbelta espalda de la alucinante criatura. La muchacha se dirige hasta donde están sus ropas, blancas, inmaculadas, impolutas. Y es entonces cuando él, arrugado en su escondite, comienza a descubrir el tosco material del que están hechos sus zapatos, los pobres tejidos que caen sobre su cuerpo, la distancia tan enorme que se expande a lo largo de aquellos escasos metros.    

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Amane o el sonido de la lluvia

En la casa de huéspedes se toma el té a primera hora, cuando aún despunta el alba. Es tan benigna esta estación que las muchachas instalan algunas mesas a los pies del anciano sauce que se alza arrogante ante el establecimiento dando cobijo y compañía a los viajeros. Es el momento sereno del  amanecer. Trinan su canción las primeras aves, los paladares degustan la infusión y los sentidos el instante. Apoyados los labios parsimoniosos sobre el cálido cuenco un hombre se deleita con el aroma del lozano follaje del árbol y medita sobre sus propósitos al amparo de la humedad del valle. El sonido del viento es suave y juega a silbar melodías allá, en los campos de arroz. Parece tranquilo y dichoso. Contempla los crisantemos y clavelinas del austero parterre mientras sorbe el líquido caliente con frugalidad. 
El novedoso visitante había llegado a la aldea a última hora de la tarde anterior. En la casa, poco habituada a agitaciones, se dejaron oír los cuchicheos jocosos de las muchachas. Sus risas fueron testigos ruidosos y festivos del poco común suceso que suponía aquella visita. El brillo de los ojos de todas ellas evidenciaba la gallardía y apostura del hombre. Este joven viajero, que toma su té elegantemente ataviado con blancas y ricas prendas, supone todo un acontecimiento en la apartada aldea de Shizukesa, a los pies del monte Inasa. 
Nomi, que así se llama el apuesto muchacho, aúna belleza, porte y modales exquisitos. Sonríe sabedor del efecto que causa en la servidumbre. Por el camino de tierra que contempla y que serpentea más allá del parterre han pasado unos arrieros con unos bueyes cargados de grano. Sonríe y se inquieta a la vez. Un nervio delicioso e ignoto mueve sus adentros. Ha llovido y han florecido los campos. Distintas cosechas han llenado los graneros sucesivamente. Ha pasado el tiempo. 
Todo comenzó con aquello que le fue publicado en el Asahi Shimbun de Tókio. Su primera incursión en el mundo literario. Aquel concurso de cartas de amor anónimo. ¿Cómo decía su texto? Sí,  lo recuerda muy bien, lo recuerda como si sus ojos estuvieran viendo las letras alineadas ante sí en este instante. Lo ve impreso en la página de diario: “Quise escribir algo en tu piel con el lápiz invisible de mi dedo y sin embargo, en ese instante intrépido, un destello solar paralizante  inmundo nuestras pupilas, de modo que todo fue silencio, excepto un corazón latiendo.”  Aquel texto había merecido el reconocimiento del jurado y el premio y honor de ser publicado. Fue en mil novecientos treinta y nueve. Hace ya seis años, él tenía tan sólo dieciséis.  
En una de las mesas contigua un par de aparceros de una aldea vecina charlan distendidos, hablan de trivialidades, de que pronto lloverá, que caerá una lluvia fina. Sorben sus tés y fuman cigarrillos que desprenden un humo blanco, sólido e intenso. Su aroma evidencia la frescura de las hebras de tabaco. Nomi, contagiado de ello, busca en el bolsillo de su chaqueta blanca procurando sacar un cigarrillo pero sin mostrar la cajetilla, le causa inquietud fumar esa marca de cigarrillos norteamericanos dadas las circunstancias. Succiona el humo con fruición.    
Luego llegarían las cartas de Amane. Dulce, intrigante, inteligente, pequeña Amane. Aquella chica de diez años que se había entusiasmado con su texto. Aquella chiquilla instruida que había contactado con la redacción del diario para localizar la dirección de Nomi en Tokio. Sus cartas. Sobre la mesita, en el otro extremo para hacer hueco a la taza de té, reposan las cartas de Amane, entre las cuartillas manuscritas de sus trabajos. Supuso que sería una delicia trabajar al amparo del sauce, por lo que sus papeles lo acompañan; así como una pluma estilográfica. No se había engañado, disfruta del instante en contacto con las epístolas veneradas, con las cuartillas inmaculadas y con el pasado que todo evoca. 
Escribe con fluidez y sin mesura: 
Hoy, nueve de agosto de mil novecientos cuarenta y cinco, en su dieciseisavo aniversario, conquistado el permiso paterno a pesar de la contienda, Amane, la dulce muchacha cuyo alma retratan las más tiernas misivas, se encontrará conmigo en esta aldea, en la falda septentrional del monte Inasa, lugar que llaman casi sin nombrarlo, como el silencio, como hurtando a los oídos este feliz encuentro, al amparo de otras miradas que no sean las de esta gente sencilla. Shizukesa será testigo de la culminación de un impulso nacido al calor de unas cartas de dos jóvenes ayer desconocidos. Amane es el sonido de la lluvia cuando es donoso. Graciosa en esos momentos que cae con gracia infinita entre las agujas de los pinos. Su sonido es el de la quietud. Imagino su tez blanca, dorada al atardecer, albergando la sonrisa ingenua y ruborosa de la niñez que florece en doncella. Ya creo oír su pisada, como gota temprana en la mañana que moja las lentes de las gafas de mi anciano padre, conformando una nostalgia apabullante en mi corazón tan joven, arrancando de mi oído la idea más amable, formando en mis labios los fonemas que habrán de dar vida a su nombre.
Nomi escribe la última palabra cuando son ya las diez y cuarto. Nagasaki, la capital, es devastada por la sinrazón. Cinco días después Japón se rinde y un Nomi enfermo, a punto de morir cambia el texto de su primera carta.  Fallece el poeta a los veintidós años, rodeado de desolación, destrucción y unas pena e impotencia imposibles de borrar jamás. 
“Quise escribir algo en tu piel con el lápiz invisible de mi dedo y sin embargo, en ese instante intrépido, un cataclismo nuclear inmundo de radiación nuestra aldea, de modo que todo fue ceniza, excepto un corazón construido con tu dermis”.