... la materia de que está hecha la felicidad es liviana, sin embargo es más sólida y fiable la masa con que se elabora la costumbre, no es de extrañar, por tanto, que se muestre abundante y sereno en la naturaleza el color gris, tan sobrio y elegante, sin estridencias ni fiestas, sabed que es un color que abriga sí, pero sólo lo justo para no perecer de frío, sabed también que, por tanto, es una refinada y cómoda presencia que combina con todo, pero incapaz de amar…
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jueves, 13 de marzo de 2014
martes, 27 de marzo de 2012
... rojo, más rojo...
¿Qué
quieres que te diga? Ni siquiera sé si podía sentir frío. Me refiero a antes
del cataclismo. Todo era cálido. Incluso ahora todas las imágenes evocadas por
mi memoria son de color ocre, amarillo, naranja. Matices algo desvaídos, eso
sí, porque el recuerdo hace con las imágenes lo mismo que las antiguas lavadoras
hacían con la ropa, deslucir la intensidad de sus colores. Temo que el tiempo
acabe con mis reminiscencias cromáticas. No digo ni dudo que existieran entonces
estos colores que nos rodean hoy y que tanto nos empujan a la melancolía. De
hecho recuerdo disponer de bastante ropa azul y negra, pero cuando pienso ahora
en esas prendas las siento confortables, de tacto agradable y esto las viste de
colores cálidos en mi apreciación. Supongo que resta algo de bien en mí y ello
me empuja a la osadía de compartir. Aunque no sé si hago bien al confesarte que
conservo el usufructo de una bufanda de color rojo de la que no fui nunca
propietario. Rojo del carmín de los labios de mujeres de aquella época. Con
toda probabilidad sea el único vestigio de color vivo que quede en este nuevo
mundo. Al menos a este lado de las placas de hielo. La oculto por miedo a que
las autoridades, de un modo u otro, ya que no conozco con profundidad la nueva
normativa, pudieran requerirme para que la entregara en favor de la incipiente
comunidad. Confieso también que cuando no estoy depredando, y dispongo de un
instante, y nadie me mira, y mis dedos conservan algo de movilidad, saco de mi
atillo la bufanda. Me encuentro, como sabes, en mitad de este caos gris, oscuro
y frío. Te van a sorprender sus propiedades. Pues cuando estoy solo y ato la
bufanda roja a mi cuello sonrío.
domingo, 2 de octubre de 2011
... verde...
Llega el otoño, llega la tarde y llega mi familia a este nuevo hogar. El suelo de este salón aún desnudo, que es de madera pulida, invita a desnudar los pies. Me imagino a mi misma soportando una taza de café y observando el jardín a través de los hermosos ventanales. Cuando tomé la decisión que me ha llevado a estar aquí ahora, esa vista a través de los amplios cristales tuvo la facultad de sojuzgarme; ya entonces visualicé mi imagen con la taza en la mano. Me sentí algo básica sabiéndome consciente de que esa estampa procede de los cientos de películas vistas. No es real que forme parte de mí, ni de mi modo de sentirme bien. No soy hogareña. Lo cierto es que suelo tomar el café fuera de casa y desde luego en vaso. Supongo que por todo ello hace unos días compré unos vasitos de vidrio con un engarce metálico que los convierte en un híbrido entre vaso y taza. Me he dicho hasta ahí puedo leer y sonreído. Quiero limpiar muy concienzudamente esos cristales de los amados ventanales. Quiero que todo sea perfecto. Pronto estarán aquí mi pequeña y Gonzalo.
Cuando nació la pequeña él estuvo tan cariñoso, fue todo tan maravilloso, que decidí casarme. María entre los dos, entonces liberada ya de traumas y dolores, hacía bonito, era una recién nacida hermosa; me vi por primera vez como parte de un todo. Estas imágenes sencillas se están apoderando de mis decisiones. Entre sábanas verdes, sudores y olor hospitalario, con nuestra hija de hermosos labios ya entonces reposando sus primeros minutos entre ambos, lo miré a los ojos y lo vi. Descubrí al Gonzalo que podía ser para siempre y sucumbí a su petición de casarnos. Reímos a carcajadas mientras la matrona pensaría que éramos unos personajes de ficción.
Lo que más me gusta de nuestro nuevo jardín es el olivo. Este árbol convierte el espacio verde que tanto necesité siempre y del que ahora podemos disponer en un lugar mío, inspirado por mí; alguien dijo una vez de una de mis esculturas que parecía un olivo, muchos rieron por el ingenuo comentario excepto yo, aquel joven resultó ser Gonzalo. Al jardín lo rodea una empalizada de ladrillos rojos por los que han trepado el musgo y las enredaderas que nacen en los arriates a los pies del muro. Todo es salvaje, descuidado a propósito en los arriates. Por lo demás el espacio lo cubren un césped bien cuidado y mi olivo, que contribuye a ese minimalismo formal con su majestuosidad. En mitad de la hierba el árbol se asombra del verdor sobrecogedor que lo rodea.
En lugar del café de mis ensoñaciones he encendido un cigarrillo. Gonzalo se retrasa con nuestra hija. Tras el muro y la verja de metal cerrada a cal y canto la tarde se desploma sobre los edificios del pueblo. He observado con deleite como el círculo dorado del sol, que incendia un cielo otoñal, acaba de ser ensartado por la forma afilada de la torre de la iglesia.
Han llegado oscuridades al jardín y del negro del muro el silencio ha arrancado un frío que me corre la espalda. Es extraño lo que tardan. No sé cómo pero tengo una manta sobre los hombros. De entre las sombras parece como si el capricho de mi mente formara formas humanas, personas quietas que me miran mientras yo me amparo tras los ventanales. Son numerosos y algunos reposan su quietud sobre sillas de dos ruedas.
Es intolerable lo que tardan Gonzalo y la niña.
martes, 6 de septiembre de 2011
... azul...
Por la distancia la embarcación es minúscula en un cielo plomizo que se quiebra con rayos inofensivos cuyas luces, a ratos espaciados, salpican los flancos de la nave. Es el afecto que parte. Un cariño grave, redondo, se marcha dejando oscuridad y tormenta. Ahora el alma, esa identidad dudosa, ese peso muerto que arrastra mi intelecto, se derrumba o empequeñece, se apaga y muestra síntomas de cambio. Su color se torna violáceo y oscuro. Contra el muelle la mar caprichosa me tira sus olas con saña. Son espumosas y violentas esas aguas que se confunden en mi cuerpo con la lluvia enojada. La tormenta está desatada e imagino lo pequeña que resulta mi imagen desde la embarcación y tiemblo en el azul que lo domina todo.
miércoles, 6 de julio de 2011
... rojo...
Nada. Y detrás de ello un vacío metálico, un silencio redondo, perfecto. Nada y se suceden los husos, las revoluciones, el tiempo devorador que engulle a los hijos de la tierra. Silencio, o acaso el tictac de los días idénticos. Camino por una ciudad cualquiera y sin embargo sé que en ella radican mis raíces; lugar extraño y desconocido, ajeno, que tiene un nombre repetido con vehemencia. Mi soledad. Observo como el vidrio de las lunas recibe el brío luminoso de esta urbe mientras mi cuerpo, embutido en ropas sin lustre, emula el sortilegio del vampiro, soy Nadie pues mi imagen esquiva el reflejo en los cristales. Nada. En los escaparates abigarrados, allí donde se da la vida, el comercio, falta mi existencia. Deambulo. Nada. Nadie. Pero en mitad del bullicio vacío, en el centro mismo del silencio estridente un océano rojo. Remembranza limpia, evocación sonora, cromática. Quiero recordar el sonido suave de sus pasos sobre el albero, sus pies pequeños sin nombre, el disparo de sus frescos ojos profundos, dos mares. Cruzamos las miradas y su rostro se enciende. Rubor adolescente, vivo, y bajo el color una sonrisa leve, una pequeña mueca osada, roja. Olor a lavanda y mi juventud.
miércoles, 29 de junio de 2011
... blanco...
Me he ido llorando. La muchacha de la triste figura está desnuda. Su cuerpo blanco y flaco es un huso profanado por la tinta de distintos colores que decoran su orografía sencilla. Las formas de esta joven muestran un relieve suave, no aventuran depresión ni estridencia. Desde antes que se insinué su codo un tatuaje de puro ornamento multicolor, sin representación concreta, se derrama hasta la mano; allí se enreda en la profusión de anillos que visten sus dedos afilados y atractivos. Además una mariposa extiende sus alas desde la escasez de uno de sus pechos para llegar hasta una magra nalga, aquella que le es más lejana, tras atravesar el costado y la espalda. Dan vida a este hermoso insecto sencillas líneas que respetan el albor de la carne de la mujer. Por lo demás todo es blanco, muy blanco, albino alrededor de su azabache monte de Venus. Cabello ralo, ojos oscuros en oscuras cuencas y dos pezones apuntados conforman el resto de accidentes, pues son en ella blancos hasta los labios. Adivinamos su esqueleto algo encorvado bajo este envoltorio limpio, de pura leche, y querríamos pensar que esta persona está diseñada para ser un calmante para la lujuria. Sin embargo sus ojos, su silencio, su oscuro triangulo me invitaron y el deseo se había instalado en mi. Siento en ese instante el calor del güisqui en la garganta y cómo bombea mi corazón la sangre que llega a mis sienes. Los labios mudos de esta mujer, nada voluptuosos, permanecen impasibles, como si alguien hubiera trazado una línea para engañar a la sumisión de un rostro sin voluntad ni oposición, sin posibilidad de queja. En la habitación olía a un excesivo ambientador dulzón que empujaba a mi consciencia hacia la caída, hacia la nada. Me precipito sobre ella con torpeza y la abrazo sin soltar el vaso. Permanecía impasible mientras mis brazos se anudaban detrás. Una de mis manos se aferra a la muñeca por encima de mi otra mano vertiéndose así parte del contenido del vaso sobre la nalga de la chica. Nada. Ninguna palabra, ningún suspiro. Ningún movimiento. Me aferro excitado a un cuerpo que permanece impasible en mitad de la habitación, erguido y con los brazos a los lados. Ahora brotan las lágrimas. Mis lágrimas. Les dije que ya me había ido.
lunes, 27 de junio de 2011
... amarillo...
Los girasoles me hablan. Me dicen con sencillez que son amarillos, muy amarillos. Inundan los campos extendiéndose desde ambas riberas del rió de asfalto líquido y pegajoso por el que conduzco. Trigueros. San Juan del Puerto. Girasoles, que son una sabana ligera de un amarillo intenso, que cubren toneladas de tristes aceites y mejores pipas. Girasoles que me recuerdan para siempre una oreja amputada y la obsesión del arte, también lo penoso e inmundo de esto mismo, el arte. Amanecer dorado que se sonroja del dorado de los campos. El sol es una pataleta pálida que, sin embargo, alumbra mi camino. De este lunes repetido en mil lunes que lo preceden recordaré siempre el color de los girasoles parlanchines y este amanecer menor, sin fuerza, incapaz de ser amarillo.
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