Nada. Y detrás de ello un vacío metálico, un silencio redondo, perfecto. Nada y se suceden los husos, las revoluciones, el tiempo devorador que engulle a los hijos de la tierra. Silencio, o acaso el tictac de los días idénticos. Camino por una ciudad cualquiera y sin embargo sé que en ella radican mis raíces; lugar extraño y desconocido, ajeno, que tiene un nombre repetido con vehemencia. Mi soledad. Observo como el vidrio de las lunas recibe el brío luminoso de esta urbe mientras mi cuerpo, embutido en ropas sin lustre, emula el sortilegio del vampiro, soy Nadie pues mi imagen esquiva el reflejo en los cristales. Nada. En los escaparates abigarrados, allí donde se da la vida, el comercio, falta mi existencia. Deambulo. Nada. Nadie. Pero en mitad del bullicio vacío, en el centro mismo del silencio estridente un océano rojo. Remembranza limpia, evocación sonora, cromática. Quiero recordar el sonido suave de sus pasos sobre el albero, sus pies pequeños sin nombre, el disparo de sus frescos ojos profundos, dos mares. Cruzamos las miradas y su rostro se enciende. Rubor adolescente, vivo, y bajo el color una sonrisa leve, una pequeña mueca osada, roja. Olor a lavanda y mi juventud.
miércoles, 6 de julio de 2011
miércoles, 29 de junio de 2011
... blanco...
Me he ido llorando. La muchacha de la triste figura está desnuda. Su cuerpo blanco y flaco es un huso profanado por la tinta de distintos colores que decoran su orografía sencilla. Las formas de esta joven muestran un relieve suave, no aventuran depresión ni estridencia. Desde antes que se insinué su codo un tatuaje de puro ornamento multicolor, sin representación concreta, se derrama hasta la mano; allí se enreda en la profusión de anillos que visten sus dedos afilados y atractivos. Además una mariposa extiende sus alas desde la escasez de uno de sus pechos para llegar hasta una magra nalga, aquella que le es más lejana, tras atravesar el costado y la espalda. Dan vida a este hermoso insecto sencillas líneas que respetan el albor de la carne de la mujer. Por lo demás todo es blanco, muy blanco, albino alrededor de su azabache monte de Venus. Cabello ralo, ojos oscuros en oscuras cuencas y dos pezones apuntados conforman el resto de accidentes, pues son en ella blancos hasta los labios. Adivinamos su esqueleto algo encorvado bajo este envoltorio limpio, de pura leche, y querríamos pensar que esta persona está diseñada para ser un calmante para la lujuria. Sin embargo sus ojos, su silencio, su oscuro triangulo me invitaron y el deseo se había instalado en mi. Siento en ese instante el calor del güisqui en la garganta y cómo bombea mi corazón la sangre que llega a mis sienes. Los labios mudos de esta mujer, nada voluptuosos, permanecen impasibles, como si alguien hubiera trazado una línea para engañar a la sumisión de un rostro sin voluntad ni oposición, sin posibilidad de queja. En la habitación olía a un excesivo ambientador dulzón que empujaba a mi consciencia hacia la caída, hacia la nada. Me precipito sobre ella con torpeza y la abrazo sin soltar el vaso. Permanecía impasible mientras mis brazos se anudaban detrás. Una de mis manos se aferra a la muñeca por encima de mi otra mano vertiéndose así parte del contenido del vaso sobre la nalga de la chica. Nada. Ninguna palabra, ningún suspiro. Ningún movimiento. Me aferro excitado a un cuerpo que permanece impasible en mitad de la habitación, erguido y con los brazos a los lados. Ahora brotan las lágrimas. Mis lágrimas. Les dije que ya me había ido.
lunes, 27 de junio de 2011
... amarillo...
Los girasoles me hablan. Me dicen con sencillez que son amarillos, muy amarillos. Inundan los campos extendiéndose desde ambas riberas del rió de asfalto líquido y pegajoso por el que conduzco. Trigueros. San Juan del Puerto. Girasoles, que son una sabana ligera de un amarillo intenso, que cubren toneladas de tristes aceites y mejores pipas. Girasoles que me recuerdan para siempre una oreja amputada y la obsesión del arte, también lo penoso e inmundo de esto mismo, el arte. Amanecer dorado que se sonroja del dorado de los campos. El sol es una pataleta pálida que, sin embargo, alumbra mi camino. De este lunes repetido en mil lunes que lo preceden recordaré siempre el color de los girasoles parlanchines y este amanecer menor, sin fuerza, incapaz de ser amarillo.
martes, 24 de mayo de 2011
... otro amanecer en Villasperanza del Valle...
Ahora que el viento del sur azota mi piel ya no me resulta tan grato morir. Mis ropas blancas ondean levemente. Es un flagelo cálido que muda mi anterior resolución. Sin embargo me encuentro al borde de este abismo y por mucho que Noto me susurre hermosas historias que habrán de acontecer en estíos venideros, por mucho que traiga a mi oído futuras gestas de individuos insignificantes o singulares, nada hay ya que se pueda hacer. Han sido contados mis días y confieso que su número no es una cifra menor. Mis pies han sido dispuestos en la línea última, bajo mis dedos se cierne el vació, la caída. Ese hecho duro y frío que sin embargo habrá de restaurar el equilibrio de esta vida que ya no lo es. Me encuentro firme, resuelto. Aunque ahora prefiero vivir sonrío ante mi inminente muerte. Pero también unas lágrimas surcan mi rostro como caudales de llantos venidos a menos.
Frente a mí, en la otra orilla de la descomunal abertura que me habrá de engullir, unos jilgueros revolotean y pían entorno a un olivo centenario. Tras ellos se extiende una llanura casi estéril, de rala vegetación. Y puedo divisar en la distancia cierta ondulación en la orografía, una sierra menor quizá. No recuerdo que existiera nada de eso antes.
El sol, que se sumerge tras la estampa descrita, me inquieta. Su fulgor es impresionante, parece más lozano. No es ahora un astro cansado como me había parecido ayer. Sus rayos se adentran en el cielo con resolución e inundan el espacio. Se trata de una luz limpia, nueva, radiante con la capacidad de mutar en murmullo, en grito exultante.
Tres minúsculos pasos me sitúan al límite. Tiemblo. Miedo. Es ya la mitad de cada uno de mis pies lo que ha ingerido este abismo, percibo la ansiedad de sus fauces devoradoras. Ahora me dispongo a saltar. Salto. Y al saltar la realidad se desvanece.
No tengo, por tanto, más remedio que seguir viviendo.
lunes, 14 de marzo de 2011
Haiku
Nomi recibió un crisantemo. Al abrir la delicada caja en la que éste le había sido enviado su aroma le llegó al olfato, incluso inundó la estancia en la que estaba. En emplazamiento tan constreñido el olor se había concentrado de tal modo que su intensidad ahora se permitía reinar en toda la vivienda. Nomi amaba la belleza. Las hojas del crisantemo, su forma perfecta acariciaban el espíritu de este hombre sencillo.
Aún era la estación de las lluvias y hacía frío. Tras el vidrio de la ventana las gotas de agua caían de los alfeizares de las casas colindantes. Las canalizaciones llevaban el agua de la lluvia al estanque del jardín. Con un cuenco de té entre las manos admiraba su crisantemo. Sentía que ello era cálido. Amaba la belleza, se recreaba en el efluvio que gobernaba la casa.
Con el paso de los días el sol se abrió paso entre las nubes, el zinc de las conducciones de agua brillaba limpio y seco y el estanque de agua calmada significaba paz. En el interior de la vivienda de Nomi se ha disipado todo perfume del crisantemo y sus hojas se han ajado. Este hombre sencillo sabe que la belleza es efímera, breve, intensa, como un poema.
martes, 8 de marzo de 2011
M A D R I D
Camino por esta ciudad inmensa, grande, repetida en cada rostro, desmesurada. Ninguna mirada se cruza conmigo, el ajetreo autómata me circunda y prescinde de mi. No soy nada, no soy nadie. Vacío hasta el último vestigio de energía de mi cuerpo, sin éxito. Madrid sólo quiere de mi las escasas monedas que restan en mi bolsillo. En cada rincón fuerzo el contacto visual, alguna conexión esencialmente humana, no, no ocurre nada, no soy nadie. Siento frío, pena y frío. Caminar. Incesantemente. Por fin me dejo engullir por una de sus numerosas bocas. Madrid se derrama por ellas. Soy un átomo de la corriente que se deja tragar por esta M; la ciudad se repite en cada uno de nuestros rostros y se multiplica en el subsuelo. Madrid somos nosotros, viajeros que buscan un rostro, una sonrisa. Esta ciudad es un camino. A través de las cabezas informes y sin nombres el tren llega a una estación: mil rostros serios, cansados. Pasillos sucios, ruido sin palabras y salida. Veo un reloj, ansío salir pero la multitud impide que lo haga con presteza, gente pisando uvas y, a pesar de las nubes que cubren el cielo metropolitano, un Sol. Por fin subo por la calle de la Montera y me topo con la sonrisa que anhelaba. Falsa alarma, esta sonrisa tiene un precio. Estoy cansado. Gran Vía. Por fin el hogar impostor y la escasa potencia del agua de la ducha, dieciséis orificios surtidores de agua templada. Me he tumbado en las sábanas limpias y el agotamiento me hunde en la cama. El cansancio y esta soledad me dan la oportunidad de estar conmigo, a solas, es ocasión de conciliar a Mi conmigo, esos dos extraños. Sonrío. Esa era la sonrisa que buscaba. Doy gracias a la ciudad de Madrid.
jueves, 3 de marzo de 2011
... un beso de anuncio...
Ahí la veo llegar con mil bolsas. Es de una belleza silvestre, ajena a la urbe. He visto cientos de películas de aventuras en las que la heroína conjuga con maestría una belleza serena con lo intrépido de su actitud indómita, el carmín en los labios con las botas de montaña. En mitad de la selva aparece, casi siempre surgiendo desde una modesta e incómoda tienda improvisada, vistiendo un traje de noche, linda, y se dirige hacia el fuego de campaña resuelta y femenina. Esta mujer, versada en el uso de la navaja multifunción, suele ser de cabello no muy largo, rubio y con cierta ondulación, y es capaz de salvarte de las garras de las más fieras alimañas para después hacerte sucumbir bajo su mirada sólida, tranquila y resuelta.
No debes amarla nunca. Tengo que sonreír al pensar esto. Se mueve por el mundo sin ataduras, libre; su bien más preciado es su ausencia de compromiso. Jamás se adaptaría a Nueva York, donde al parecer no tener pareja es pecado. Podemos admirarla, o sólo mirarla, solazarnos en la contemplación pues es muy hermosa, podemos tocar u olerla, pero jamás amarla. Vuelvo a sonreír, amargamente ahora. En ese terreno es distante, efímera, su recuerdo un efluvio que jamás desaparece de la ropa. Ausencia sería su nombre.
En la ciudad está constreñida por lo absurdo del tiempo, algo de otro planeta, su mundo comienza donde terminan las ciudades. Su sonrisa es de un albor luminoso. Es muy linda, sí, pero nos jode que llegue tan tarde. Siempre llega tarde. Todo eso que hemos ido gestando, las reprobaciones y quejas, tan justificadas, se caen al suelo como hojas secas cuando ella llega y te sonríe. Te dice lo siento. Te muestra su sonrisa, te desarma. Te besa. Es un beso químico y dulce. Puedo imaginar el carmín pigmentando mis labios.
El coche queda a mi espalda, quizá abierto. No puede ser esa hora. No debe ser esa hora. Corro con las bolsas en la mano y las llaves en la boca. Tengo asido el llavero de pasta rígida y negra con los dientes para evitar que la pintura de mis labios se degrade. Este rojo intenso me costó tres euros. Es de una fijación sencilla pero me gusta a rabiar el tono. Cuando lo vi, me lancé a por él. No puede ser esa hora. Las tetas me van a salir por encima de la camiseta. No llevar sujetador me pareció acertado antes, ahora es un engorro. Debo seguir corriendo. Si al menos pudiera cubrir o sujetar mis pechos con uno de los brazos, pero mis manos están ocupadas por las bolsas ¡qué espectáculo! Siento las miradas de la gente justo encima.
Tanto luchar para llegar con los labios en su rojo más intenso, este carmín que me mata, y ahora voy y lo beso. Me recreo en el beso, en la cálida humedad de este beso.
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