Poned crespones negros en las solapas, pues las tan admiradas tetas de mi vecina, por artificio de la ciencia médica, han aumentado notablemente. En un momento de los últimos días aparecieron sorpresivamente tras un recodo del edificio dos volúmenes apuntados, heraldos de su portadora, y pensé en aquella canción que decía que el Kilimanjaro es un sitio raro; dos montañas nevadas en mitad de Tanzania. Aquellos pequeños cerros adorados, con su elegante modestia, habían sido sepultados por una ingente cantidad de un polímero inodoro e incoloro de silicio. Quizás por ello la camiseta de mi vecina, que a duras penas contiene los dos picos imposibles incluso para Heinrich Harrer, reza: made in Silicon Valley. Pienso que podría decir: bien venidos a California.
Cuando coincidimos a solas en el ascensor, entre algo de miedo y un vago recuerdo de pulsión sexual, el sentido común me empuja hasta encogerme en el fondo. Sin argumentos sólidos me adoso a la pared a sabiendas de estar trasgrediendo la recomendación del fabricante: capacidad máxima de cuatro personas adultas. Mis dientes rechinan sin mediar palabra.
La sonrisa de mi vecina, en la nueva distancia, es luminosa. Se atisba entre los destellos de su nuevo fulgor un no sé qué de suficiencia. No creo que exista muralla que no se rinda ante el sitio de esas voluminosas glándulas que se sostienen practicando una suerte de equilibrio insano, trasgresor de leyes relacionadas con manzanas. Este fenómeno parece haber dado vida a los otrora ojillos oscuros de la dueña de las mamas de redondez impuesta.
Añoro la caída natural de sus senos en las antípodas del tamaño pesadilla; lloro la mesura, la imagen de dos tiernos cervatillos blancos y pequeños. Mi insignificancia no estará jamás a la altura de la voluptuosidad aerostática. Ahora sé que nuestro amor es imposible.
martes, 22 de septiembre de 2009
martes, 15 de septiembre de 2009
... letargo...
El primer chaparrón se desliza en nuestra tarde marcialmente, como un militar sonado y de piel tostada, licenciado del Tercio, que arribara todos los años a cortejar a una muchacha bonita, ahora entrada en años. Estas primeras aguas son su visita regular, son el desfile de este hombre a vuelta de todo, estas gotas repiquetean en la calzada al paso firme de sus botas. Gotas de final de verano, gotas que inician proyectos. Esto, que ocurre todos los años, nos sorprende con falsa sorpresa como si fuéramos esa muchacha cada vez mayor, acaso ajada, tras una celosía. Se apaga la luz del verano.
Me marcho, hoy empiezo en el gimnasio.
Me marcho, hoy empiezo en el gimnasio.
martes, 28 de julio de 2009
La pintora (esperando a Naim 6)
El hermoso patio de las Doncellas alberga, bajo sus bellos soportales, los cuadros expuestos por los distintos pintores. Filigranas de yesería sobre los arcos lobulados invitan al visitante a la contemplación. No puede ser imaginado entorno más propicio para admirar estas pinturas, criaturas de tantas madres diversas. Arracimado en grupos poco numerosos un público entusiasta los contempla al tiempo que cambia impresiones. De estos corros se desprende un murmullo sosegado que engalana la muestra con su música monocorde. Fatma apreció esta imagen tranquila a la entrada de la exposición. Bajo el dulce abrazo de la luz de un sol madurado por la tarde la exposición organizada por el Legado Andalusí transporta a un tiempo en el que se han detenido las urgencias cotidianas. Se respira la comunión de lo diverso. Esto ha arrancado a la mujer una sonrisa. Curva que permanece encendida por el bosquejo de sus blancos dientes.
— ¿Lalla Fatma? — pregunta alguien a su espalda.
— Lalla es un título demasiado grande para mi persona —. Responde tajante la mujer mientras se da la vuelta. Es consciente de que ha ido cobrando fama más allá de las fronteras de su universo pequeño y cotidiano, pero la pintora magrebí intenta desprenderse del título que últimamente la gente viene asociando a su persona, no se siente cómoda con él. — Ya existió una mujer muy importante en la Cabilia llamada Lalla Fatma. No sé si sabe que Lalla es un término bereber que significa Señora, y que tiene para nosotros un alto contenido de admiración y respeto. Pero… sí, disculpe, soy Fatma Berber. ¿Con quien tengo el gusto?
— Mi nombre es Ismael, pertenezco a la organización y conozco algo de su obra… “Lalla” Fatma Berber— el hombre acentuó deliberadamente el término escoltado por una cortés sonrisa que no desagradó a la pintora, quien entendió el cumplido. — Es un honor para nosotros tenerla aquí. Espero que el hotel sea de su agrado.
— Sin duda, muy confortable, gracias.
Junto a la remozada fuente habían dispuesto un modesto ágape sobre una mesita vestida con paño verde oliva. Fatma pudo observar el buen gusto y lo acertado de la organización pues estando invitados numerosos pintores del dar al-Islam no se veía la consabida copa de vino español. Se había acercado hasta allí de la mano del atento Ismael. La mesa contenía frutos secos y té servido en sutiles vasos de cristal ornamentado.
— ¿Lalla Fatma? — pregunta alguien a su espalda.
— Lalla es un título demasiado grande para mi persona —. Responde tajante la mujer mientras se da la vuelta. Es consciente de que ha ido cobrando fama más allá de las fronteras de su universo pequeño y cotidiano, pero la pintora magrebí intenta desprenderse del título que últimamente la gente viene asociando a su persona, no se siente cómoda con él. — Ya existió una mujer muy importante en la Cabilia llamada Lalla Fatma. No sé si sabe que Lalla es un término bereber que significa Señora, y que tiene para nosotros un alto contenido de admiración y respeto. Pero… sí, disculpe, soy Fatma Berber. ¿Con quien tengo el gusto?
— Mi nombre es Ismael, pertenezco a la organización y conozco algo de su obra… “Lalla” Fatma Berber— el hombre acentuó deliberadamente el término escoltado por una cortés sonrisa que no desagradó a la pintora, quien entendió el cumplido. — Es un honor para nosotros tenerla aquí. Espero que el hotel sea de su agrado.
— Sin duda, muy confortable, gracias.
Junto a la remozada fuente habían dispuesto un modesto ágape sobre una mesita vestida con paño verde oliva. Fatma pudo observar el buen gusto y lo acertado de la organización pues estando invitados numerosos pintores del dar al-Islam no se veía la consabida copa de vino español. Se había acercado hasta allí de la mano del atento Ismael. La mesa contenía frutos secos y té servido en sutiles vasos de cristal ornamentado.
domingo, 19 de julio de 2009
lunes, 6 de julio de 2009
Esperando a Naim (5)
El sobre que tengo en mis manos es parco en palabras; “para Fatma” aparece escrito en el centro con letras grandes y estilizadas, y en la esquina inferior izquierda, con bastante más modestia, veo la palabra Naim escrita con caracteres árabes. Mi sonrisa es amarga ¿quién más habría de llamarse Fatma? En la plaza, entre las mesas, la actividad luminosa sigue, ajena a esta mujer venida de otras tierras. Me siento afligida. He puesto todas mis esperanzas en el reencuentro con el amigo perdido. He llegado a un punto de mi vida en que la mirada está fija en el pasado, por eso quiero aprovechar mi estancia en Sevilla más allá de la exposición que me ha traído aquí. Hace tiempo que he comprendido que el tránsito humano es una elipse y que, a mi edad, he superado la curva álgida de mis días. Sobre el alto taburete se encuentra una mujer adulta con la voluntad sosegada de amarrar los cabos sueltos de su existencia. En los primeros días de mi juventud uno de estos cabos sueltos fue Naim.
Permanezco inmóvil un tiempo, queriendo adivinar una nota trazada por sus hábiles manos, una disculpa más o menos elegante. Miro el objeto frío que descansa en mi mano. No tengo el arrojo de abrir el sobre. Calzo mis pies, pago mi cuenta, recojo mi bolso de viaje, y en uno de sus bolsillos introduzco el sobre.
Cerca de aquí hay una parada de taxis.
Permanezco inmóvil un tiempo, queriendo adivinar una nota trazada por sus hábiles manos, una disculpa más o menos elegante. Miro el objeto frío que descansa en mi mano. No tengo el arrojo de abrir el sobre. Calzo mis pies, pago mi cuenta, recojo mi bolso de viaje, y en uno de sus bolsillos introduzco el sobre.
Cerca de aquí hay una parada de taxis.
viernes, 26 de junio de 2009
Esperando a Naim (4)
Las palabras del niño Naim me conducen hasta el verbo del nuevo Naim. Quizás porque mis talones dolidos ansían su llegada. Pero no hago otra cosa sino evocarlo a través del teléfono; el timbre de su voz, ajeno y sosegado, impropio de la imagen infantil que conservo, reclama mi atención, me invita a descubrirlo como nuevo, despegado e independiente de aquel niño hábil y admirado. La cadencia de sus palabras me llegan al oído con la dicción de un adulto, no hay nada en la música de su voz que me recuerde al niño. Es la voz de un extraño.
Me subo a un taburete alto y me tomo la libertad de desnudar mis pies. Imagino a las palomas flirteando con mis zapatos abandonados como dos exóticos extranjeros y esto me provoca una sonrisa cuya forma no puedo sino imaginar también. Los benignos rayos de sol hacen sonreír, a su vez, a mis pies.
A la puerta del establecimiento ha salido ese camarero tan atractivo de antes. Mira concentradamente a los clientes que estamos en el exterior. Cuando sus ojos se detienen en mí, sin razón alguna, aflora a mi rostro un leve rubor. Sorprendentemente se dirige hasta aquí.
— Disculpe señora —me dice— ¿su nombre es Fatma?
— ¿Cómo? Sí, ese es mi nombre — le respondo pero me suenan altivas mis palabras y cambio la entonación confiando en la mejor de mis sonrisas y mi blanca dentadura— Supongo que no tiene usted dotes para la adivinación y que ahora me dará una explicación.
— Claro, disculpe. Un mensajero ha enviado un sobre dirigido a: Fatma. Supuse que usted podía llamarse así.
— Claro ¡qué tonta! Gracias.
El hombre dejó el sobre en la mesa. Al poco el empleado de la agencia de mensajería, que aguardaba en la distancia, me invita a firmar la recepción. No me he interesado por adivinar el remitente, ya intuyo el fracaso de mis espera, lo estéril de mi viaje.
Me subo a un taburete alto y me tomo la libertad de desnudar mis pies. Imagino a las palomas flirteando con mis zapatos abandonados como dos exóticos extranjeros y esto me provoca una sonrisa cuya forma no puedo sino imaginar también. Los benignos rayos de sol hacen sonreír, a su vez, a mis pies.
A la puerta del establecimiento ha salido ese camarero tan atractivo de antes. Mira concentradamente a los clientes que estamos en el exterior. Cuando sus ojos se detienen en mí, sin razón alguna, aflora a mi rostro un leve rubor. Sorprendentemente se dirige hasta aquí.
— Disculpe señora —me dice— ¿su nombre es Fatma?
— ¿Cómo? Sí, ese es mi nombre — le respondo pero me suenan altivas mis palabras y cambio la entonación confiando en la mejor de mis sonrisas y mi blanca dentadura— Supongo que no tiene usted dotes para la adivinación y que ahora me dará una explicación.
— Claro, disculpe. Un mensajero ha enviado un sobre dirigido a: Fatma. Supuse que usted podía llamarse así.
— Claro ¡qué tonta! Gracias.
El hombre dejó el sobre en la mesa. Al poco el empleado de la agencia de mensajería, que aguardaba en la distancia, me invita a firmar la recepción. No me he interesado por adivinar el remitente, ya intuyo el fracaso de mis espera, lo estéril de mi viaje.
jueves, 18 de junio de 2009
Esperando a Naim (3)
Aislado como un anciano perdido se alza entre las piedras diseminadas por la suave pendiente. Lo llamamos el Árbol, como si esta nominación lo identificara entre miles. Él fue soporte de nuestros juegos desde siempre. Al pie de su desvencijado tronco una piedra parecía hacer las veces de asiento, pero ambos sabíamos cual era su función. Bajo esta piedra el color y la compostura de la tierra evidenciaban que algo se ocultaba deliberadamente. Siempre dejaba hacer a Naim, mis ojos se sumían en el acto placentero de la contemplación de sus manos. Ayudado por cualquier cosa Naim retiraba con sumo cuidado la primera tierra para ir buscando las aristas, de esta manera ante mis ojos se iba formando un rectángulo. Con el tiempo y el trabajo certero de sus dedos la caja metálica afloraba.
Entonces una caja de metal tenía un valor muy por encima del que tendría ahora para nuestros hijos, en si misma era un objeto preciado. La nuestra había sido concebida para albergar unos suculentos dulces de membrillo en la tienda de la Marina, junto a la escuela. Habíamos estado día sí y día también expectantes hasta que los dulces de membrillo fueron desapareciendo lentamente de su interior, Naim y yo entonces no comíamos otra cosa. La Marina se había comprometido con ambos en que nos la regalaría.
— ¿Para que queréis la caja?— nos preguntaba la tendera.
—Para nuestros tesoros— escucho decir a Naim.
Entonces una caja de metal tenía un valor muy por encima del que tendría ahora para nuestros hijos, en si misma era un objeto preciado. La nuestra había sido concebida para albergar unos suculentos dulces de membrillo en la tienda de la Marina, junto a la escuela. Habíamos estado día sí y día también expectantes hasta que los dulces de membrillo fueron desapareciendo lentamente de su interior, Naim y yo entonces no comíamos otra cosa. La Marina se había comprometido con ambos en que nos la regalaría.
— ¿Para que queréis la caja?— nos preguntaba la tendera.
—Para nuestros tesoros— escucho decir a Naim.
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